Tres mentiras en contra de la política de defensa europea

Publicado originalmente en esglobal.org

politica de defensa UEPuede parecer un contrasentido, pero pese a vivir en la era de la información global y de las tecnologías de la comunicación, y por lo tanto de la (teórica) transparencia, la premisa de que mentir proporciona réditos es aplicada de manera recurrente en nuestros días. Un buen ejemplo de este hecho es el acoso que sufren las últimas incitativas para impulsar la Política Común de Seguridad y Defensa de la Unión Europea (PCSD).

A mediados del pasado mes de septiembre, los Jefes de Estado y de Gobierno de la UE reunidos en Bratislava, sin la presencia de la Primera Ministra británica, señalaban que, ante el momento crítico que vive la Unión, era preciso dar respuesta a la “preocupación de los ciudadanos por lo que perciben como una falta de control y temores relacionados con la migración, el terrorismo y la inseguridad económica y social”.

En un entorno de seguridad degradado, lo que se pretende es que los 27 países que permanecerán en la UE, cuando se concrete la salida del Reino Unido, refuercen el compromiso político común y sigan avanzando en la construcción europea, sobre la base de la solidaridad común.

En este marco, se apuesta decididamente por una PCSD capaz de proteger a la población, territorio y valores de Europa. No obstante, y por razones que sólo entienden de intereses privativos nacionales, se repiten tres falsedades con el fin último de evitar la indispensable revitalización de la defensa europea, como instrumento esencial para avanzar en el proyecto de una Europa segura, libre y abierta.

La Alta Representante de la política exterior de la UE, Federica Mogherini, y el Secretario General de la OTAN, Jens Stoltenberg, en Bruselas. John Thys/AFP/Getty Images

La Alta Representante de la política exterior de la UE, Federica Mogherini, y el Secretario General de la OTAN, Jens Stoltenberg, en Bruselas. John Thys/AFP/Getty Images

Debilitará a la OTAN y por consiguiente al vínculo con EE UU. La falsa idea de que una PCSD más fuerte podría ir en contra de la OTAN, algo completamente inaceptable para la mayoría de los países europeos, no es nueva en absoluto. Ya desde finales del pasado siglo, las entonces tímidas intenciones de fortalecer la autonomía estratégica de la UE chocaron de modo frontal con los que opinaban que ello significaría un importante menoscabo para la Alianza Atlántica. Sin embargo, la realidad indica que, casi dos décadas después, esta circunstancia debería encontrarse superada.

En primer lugar, los textos oficiales de ambas organizaciones exigen insistentemente la armonización de las actividades. Por ejemplo, la declaración de la cumbre de la OTAN, celebrada en Varsovia el pasado mes de julio, estipula que “la Unión Europea sigue siendo un socio único y esencial para la OTAN”. Además, se reconoce “la importancia de una defensa europea más fuerte y capaz, lo que conducirá a una OTAN más fuerte, ayudando a mejorar la seguridad de todos los aliados, y a fomentar una distribución equitativa de la carga, los beneficios y responsabilidades entre los miembros de la Alianza”.

Ese mismo principio se ha reiterado por parte de la Unión. Su reciente Estrategia Global de Seguridad afirma que “la UE profundizará su asociación con la OTAN a través del desarrollo coordinado de capacidades de defensa, ejercicios paralelos y sincronizados, y refuerzo mutuo de las acciones para fortalecer las capacidades de nuestros socios, contrarrestar las amenazas híbridas y cibernéticas, y promover la seguridad marítima”. En otros términos, lo que se busca es la compatibilidad, el apoyo mutuo y la acción sincrónica.

Pero más allá de los documentos oficiales, resulta utópico pensar que la UE pueda reemplazar a la OTAN en aquellas circunstancias en donde la disuasión o, en el extremo, el uso legítimo de la fuerza sean la única forma de garantizar los valores e intereses de Europa en su conjunto. Pese a las interesadas denuncias sobre su obsolescencia, la realidad es que la Alianza Atlántica sigue siendo el instrumento político-militar fundamental de la seguridad y defensa de Europa y el medio más eficaz para reducir la actual incertidumbre estratégica. Como bien saben nuestros aliados del este europeo, EE UU con sus incomparables capacidades constituye el garante último de la defensa colectiva. En este punto, es imprescindible recordar que el vínculo transatlántico, que materializa las relaciones de seguridad y defensa entre las dos orillas del Atlántico, constituye la esencia de la OTAN.

Este mismo año, el presidente estadounidense, Barack Obama, reclamó que la UE dejara de ser “complaciente con su propia defensa”, y afirmó que “necesitamos una Europa fuerte que soporte su parte de la carga”. Esta última frase insiste en el requerimiento estadounidense para que los países europeos asuman unas mayores y equitativas obligaciones en el sostenimiento de la defensa del viejo continente.

En esta misma línea, pero de forma mucho menos diplomática, se ha manifestado Donald Trump. Durante la pasada campaña electoral, el futuro presidente de EEUU calificó a la Alianza Atlántica de instrumento obsoleto y aseguró que, una vez llegara al gobierno, revisaría su funcionamiento. Aunque, en las últimas semanas estas declaraciones se han suavizado, la incertidumbre es la tónica general sobre la postura que adoptará la nueva administración estadounidnese con respecto a la OTAN.

Lo cierto es que las continuas demandas para que los países europeos destinen el 2% de su PIB en ese sector ha tenido un eco limitado hasta la fecha. EE UU observan esta renuencia europea como una grieta en la solidaridad interaliada. En palabras del todavía Secretario de Estado John Kerry: “si el pueblo estadounidense no ve a las naciones europeas dando un paso adelante para invertir en su propia defensa cuando su seguridad se ve amenazada, corremos el riesgo de erosionar el apoyo de EEUU a la Alianza”. Esta misma idea es precisamente la defendida por el presidente electo Trump: “Los países que estamos defendiendo deben pagar por el costo de su defensa. De lo contrario, Estados Unidos debe estar preparado para dejar que esos países se defiendan solos. No tenemos elección”.

En otras palabras, con independencia de la personalidad del inquilino de la Casa Blanca, la negativa europea a afrontar sus propias obligaciones en materia de defensa es la principal amenaza para las relaciones transatlánticas y no el desarrollo de la PCSD.

Con todo, para fortalecer el papel de la OTAN, y por ende el vínculo Europa-EE UU, lo que se propone es un cierto desarrollo de capacidades europeas de defensa con el que se facilitaría una contribución de la UE más coherente y efectiva a las misiones de la Alianza (y viceversa). Además, las misiones en las que la Unión estaría implicada de manera autónoma se llevarían a cabo en aquellos escenarios en los que la OTAN estuviese ausente.

Desde el pragmatismo al que el panorama estratégico obliga, una auténtica PCSD vigorizaría la coordinación y el apoyo mutuo OTAN-UE, bajo condiciones que eviten las duplicidades indeseadas e impulsen la coherencia estratégica y la gestión integral de crisis. Por consiguiente, la necesidad de establecer un nuevo marco de relación institucional y operativa entre ambas organizaciones se ha convertido en un elemento clave para el futuro de la PCSD, pero también para el de la Alianza.

Un soldado finlandés patrulla como parte de un ejercicio conjunto entre Alemania, Holanda y Finlandia para fortalecer las capacidades de respuesta rápida europeas. Andreas Rentz/Getty Images

Un soldado finlandés patrulla como parte de un ejercicio conjunto entre Alemania, Holanda y Finlandia para fortalecer las capacidades de respuesta rápida europeas. Andreas Rentz/Getty Images

Se va a crear un ejército europeo. En la pasada campaña del Brexit este segundo falso argumento fue profusamente utilizado por los partidarios de que Reino Unido abandonara la UE.  Consiste en hacer creer que las ambiciones de la Unión en materia de defensa son crear unas fuerzas armadas europeas que sustituirían a las de los Estados.

Hay que tener en cuenta que toda integración supone una indudable cesión de soberanía, por parte de los países hacia las instituciones europeas. Ya que no existe otro sector más ligado a la soberanía de los Estado-Nación que su propia defensa nacional, la cuestión del “ejército europeo” es considerada cuasi herética por los euroescépticos.

Aunque el año pasado, el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, esgrimiera esta posibilidad como una forma de revitalizar la integración política de la UE, en realidad, la creación de un ejército europeo no está encima de la mesa, por la sencilla razón de que es inviable, al menos en el previsible futuro.

En la actualidad, Europa se enfrenta a sus propios retos internos. El retorno de la política nacional, que vuelve a situarse por encima de las instituciones comunitarias, pero en la que la influencia de los Estados es muy desigual, se mezcla de manera desordenada con unas sociedades resueltamente relativistas e individualistas. Como consecuencia, el proyecto europeo ha perdido atractivo y se encuentra afectado por la demagogia, el nacionalismo, el antieuropeísmo y el populismo. Este desconcierto ha puesto de relieve el precio de ignorar, durante años, las fuerzas geopolíticas que rodean a Europa.

Los arquitectos de la UE levantaron una burocracia política y administrativa unificada, pero no una nación europea. La persistencia de las diferencias entre los países europeos se concreta en las diferentes culturas estratégicas e intereses nacionales, en ocasiones divergentes, que plantean disensiones acerca de cuáles son las amenazas reales existentes, las prioridades para hacerlas frente, las formas de expresar la solidaridad y los medios a emplear. Por lo tanto, no existe un pueblo europeo y la Unión Europea no es una federación de Estados con la capacidad sociopolítica para disponer de un brazo armado.

Lo que se propone es mucho más modesto y pragmático. Los Estados miembros de la UE deberían comprometerse a implementar medidas concretas con las que avanzar en la defensa europea y restaurar la confianza de los ciudadanos en que la Unión es capaz de protegerles. Una aclaración: no se trata de una Europa de la defensa intergubernamental en el seno de la UE, sino de superar el umbral de lo multinacional para incrementar la seguridad de los europeos y de sus países. Es importante señalar que ya existen experimentadas estructuras de mando y control multinacionales, como el Eurocuerpo o la Fuerza de Gendarmería Europea, que podrían constituirse en el embrión de iniciativas más ambiciosas.

Es decir, se trataría de integrar y utilizar mejor los recursos militares que se encuentran ya disponibles, sincronizar los aspectos operacionales civiles y militares y poner en acción los instrumentos de gestión de crisis que prevé el Tratado de Lisboa. Cuando fuese preciso, serían los propios Estados los que pusiesen a disposición de la UE las fuerzas militares que se precisen para una determinada operación. En cualquier caso, y como se ha mencionado con anterioridad, será imperativo respetar las sensibilidades hacia la OTAN de otros Estados miembros, y de ser posible suavizar las relaciones con el Reino Unido una vez se concrete su salida definitiva del club europeo.

Aunque lo ideal sería que las decisiones se tomasen unánimemente por los 27, es improbable que ante las circunstancias descritas se alcance el consenso. De esta forma, la atención se vuelve hacia la “Cooperación Estructurada Permanente”, fórmula introducida por el Tratado de la UE y que permite, bajo ciertas condiciones, que algunos países refuercen su colaboración en materia militar.

Otras propuestas que complementan lo expuesto son la mejora del mecanismo Athena, que se ocupa de la financiación de los costes comunes relativos a las operaciones militares de la UE, y la creación de un cuartel general permanente que, bajo control político, mejore la eficacia del planeamiento y la conducción operacional.

Soldados suecos participan en EU NAVFOR. Paul Madej/AFP/Getty Images

Soldados suecos participan en EU NAVFOR. Paul Madej/AFP/Getty Images

Se duplicarán costosas capacidades militares. En general, los europeos han abandonado el espíritu de la defensa y consideran que los instrumentos diplomáticos son suficientes para afrontar las cuestiones de seguridad. De esta manera, el uso de la fuerza, aunque se efectué de acuerdo a las normas del Derecho Internacional, se entiende como una forma anacrónica de actuación. Son muy contados los líderes políticos europeos que tratan de convencer a sus votantes de que el gasto en poder duro es imprescindible dada la situación estratégica existente. En tiempos de crisis y restricciones presupuestarias, que afectan a amplios sectores sociales, el argumento de que las propuestas de fortalecimiento de la PCSD van a demandar abundantes recursos financieros, además de falso, es extremadamente impopular.

La realidad es bien distinta. Es cierto que para que la UE ejerza mayores responsabilidades para contrarrestar los retos actuales y contribuir al mantenimiento de la estabilidad y la seguridad mundiales se requiere que los recursos asignados sean proporcionales a ese nivel de ambición. Pero es importante diferenciar el aumento de los presupuestos de defensa que, como se ha señalado anteriormente, se reclama desde la OTAN y las necesidades para que la UE se dote de capacidades autónomas y creíbles.

Lo que algunos socios europeos proponen es la convergencia de los esfuerzos humanos y presupuestarios nacionales, para la adquisición colectiva de sistemas y equipos.

Para ello, se debe poner en marcha una industria de defensa europea fuerte y competitiva que facilite la colaboración en el desarrollo de tecnologías avanzadas de doble uso. La tesis defendida es que sólo a través de la coherencia estratégica y operacional, en lugar de competencia, es posible garantizar la unidad de acción. El objetivo inicial sería lograr una mayor efectividad de la Base Tecnológica e Industrial de la Defensa Europea, según lo que ministros de Defensa de la UE definieron ya en 2007 y en la que poco se ha avanzado, pese a los años transcurridos.

Al mismo tiempo, se aspira a preservar y aumentar las capacidades operacionales nacionales existentes para obtener una mayor, sostenibilidad, interoperabilidad y eficiencia. Es decir, no se producirían duplicidades por el simple hecho de que lo que en realidad se propone es desarrollar nuevas capacidades, integrar las existentes y lograr sinergias.

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