Geopolítica, misterio y periodismo

Diez años de la desaparición en Portugal de la niña británica Madeleine McCan . Un drama luso-británico.

f1Casi todos los que estaban vivos entonces recuerdan dónde estaban y cómo se enteraron del asesinato de Kennedy, de John quiero decir, no de Robert, su hermano.

Casi todas las personas con las que me encuentro y les digo que estaba en Portugal hace diez años y que seguí el caso abren mucho los ojos y preguntan: ¿Qué pasó? ¿De verdad fueron los padres?

La noticia apareció en la prensa portuguesa en páginas interiores. Desde el primer momento, el Diario de Noticias portugués decía que era una historia mal contada, una historia muy extraña.

Los padres, Kate y Gerry McCann, médicos británicos, pasaban una semana de vacaciones con su hija Maddie y los dos gemelos más pequeños en el Ocean Club de Praia da Luz, un pueblo anodino al oeste del Algarve, una región plagada de bellísimos lugares. Un recinto cerrado. Al norte, el apartamento de los McCann, en la planta baja; enfrente, al sur, a un tiro de piedra, el restaurante donde estaban con varios amigos aquella tarde del 3 de mayo. Los padres habían dejado a la niña en el apartamento junto con sus hermanos.

La madre contó que iba de vez en cuando a controlar y en una de las ocasiones, hacia las diez de la noche, salió al balcón que daba al recinto gritando: ¡Maddie ha desaparecido!

Llegó la policía portuguesa con bastante retraso. Los padres y los amigos la buscaron por todo el pueblo. Alguien vio a un hombre que, al parecer, llevaba a un niño en los brazos.f3

Maddie tenía tres años. Unos días después cumpliría los cuatro.

No me interesaba el caso, no pensaba que fuera relevante para la audiencia española. La desaparición de una niña británica en Portugal era un caso para los medios lusos y anglosajones. Pero recorté el artículo y abrí una carpeta, que llegó a sumar cientos de recortes. Y tuve que hacer decenas de horas de rodaje y de entrevistas.

Miles de personas desaparecen cada año en el mundo, buena parte de ellos niños. Si hubiera que informar de esos casos habría que hacer monográficos diarios de varias horas de duración. Estando en la corresponsalía de Nueva York me llamaron una mañana de Madrid porque había desaparecido un niño en Kentucky. Les dije que, de media, desaparecían siete niños al día en los EEUU, que si íbamos a contar todos los casos.

Pero así funciona el proceso informativo: los poderosos medios anglosajones dan la noticia y el video. En las redacciones ven el rostro de una niña, angelical, blanca, rubia, occidental y “compran” la noticia. Una niña del norte culto, rico y desarrollado ha desaparecido en el oscuro, proceloso y subdesarrollado sur. Entra en juego la geopolítica.

Dos semanas después tuve que prestar atención al caso, presionado ya por la ola informativa. Un vecino de vida extraña y solitaria fue declarado sospechoso. En el sótano de su casa, la policía descubrió videos inconvenientes, pero, taladrada su parcela de todas las maneras posibles, no se encontró nada sospechoso.f2

Junio y julio fueron meses de ida y venidas, decenas de policías rastreaban los alrededores y los disparates se sucedían. Las redacciones pedían más y más. Se revisaron todas las incineradoras de perros de la zona. Hay mucho británico en el Algarve y, por lo tanto, mucho can. Un equipo de TV, también británico, alquiló perros olfateadores y se lanzó montaña arriba porque alguien les había contado algo. Y todos los demás detrás. Patético. Entretanto, los MacCann recaudaban dos millones de euros en donativos para encontrar a su hija.

Se abrieron todas las posibilidades. Que los padres hubieran causado accidentalmente la muerte de una pequeña que no dejaba de llorar y luego hubieran hecho desaparecer el cadáver. Que algún desaprensivo de la zona hubiera detectados los movimientos de los padres y se la hubiera llevado. Que alguna organización la hubiera secuestrado por encargo para enviarla a algún lugar remoto de Oriente…

Visto el bloqueo del caso, la policía británica había enviado a finales de Julio a dos perros especializados en la búsqueda de pistas. Viajaban en coches con aire acondicionado y se alimentaban solo de salmón, para que la sangre animal no alterara sus delicadas pituitarias. Eran capaces de detectar los rastros de sangre en un suelo que hubiera sido lavado con lejía.

Los perros habían dado muestras de agitación en dos puntos, detrás de un sofá en el apartamento y en el maletero del coche alquilado por los McCann, un Renault Scenic.

Esto se lo contó un policía que seguía las investigaciones a un colega de Coímbra casado con una periodista del popular diario Correio da Manha, que publicó la noticia bomba a comienzos de agosto: ¡Sangre en el coche de los padres!f4

Recogí la noticia y salí para el Algarve superando los límites de velocidad. Pero las otras cadenas ya lo habían visto en TVE, la “española” como la llamaban y los periodistas y las parábolas de televisión desplazados desde Sevilla estaban allí antes que yo. Aquello fue una explosión de medios. Todo el mundo tenía un enviado especial, decenas de cadenas en directo. Hasta los periódicos alemanes más sesudos hablaban en portada del caso Maddie.

A partir de ahí, la histeria. Un señor fue acosado en Oporto porque estaba en un súper con una niña con rasgos similares a la desaparecida. Maddie fue vista en Australia, en Canadá, en Suráfrica. Todo el mundo, hasta el China Daily, hablaba de los McCann.

Nos contó un policía, amigo de uno de los primeros que fueron al lugar de los hechos (los policías portugueses son muy amables, cuentan muchas cosas) que éste vio algo extraño, que no le gustó nada la madre y, fruto de su experiencia profesional, de su olfato detectivesco, pidió a su superior permiso para presionarla y conseguir que “cantara”. El jefe le respondió que eso era una barbaridad, que los padres eran las víctimas. Pero los McCann ya habían llamado a la embajada británica en Lisboa y el embajador se había puesto en contacto con la Judicial del Algarve. El gobierno luso estaba asustado ante la posibilidad de que un escándalo hundiera el muy importante flujo de turismo británico, que Portugal fuera un destino inseguro para vacaciones.

Surgieron enormes broncas entre los corresponsales en Londres y en Lisboa, anglófilos unos y lusófilos los otros, como si de un conflicto mundial se tratara. Los de Londres eran apasionados defensores de los padres, frente a la inoperancia portuguesa, las chapuzas del sur pobre. Los de Lisboa, que estábamos en el día a día, que veíamos las idas y venidas de los padres, teníamos otra teoría.

f5¡Ah, los británicos y sus particularidades! Hoy lo estamos viendo con el Brexit. ¡Lo que va a sufrir Bruselas en las negociaciones!

Sigo. En los días siguientes surgió el testimonio de la señora que vivía en el piso de encima de los McCann, que había escuchado las noches anteriores como la pequeña lloraba desconsoladamente, mientras los padres y sus amigos disfrutaban del restaurante cercano.

Los padres se irritaron mucho cuando una periodista portuguesa les preguntó si ellos, médicos sin problemas para acceder a medicamentos, le habían dado a la niña un sedante para que se tranquilizara, les dejara tranquilos mientras cenaban con sus amigos y se les había ido la mano. Es muy duro haber perdido a una hija y tener que escuchar esto, contestaba el padre.

Buscábamos expertos que nos pudieran iluminar el oscuro caso. Una psiquiatra portuguesa, analizando las imágenes de la pareja, me decía que los McCann se mostraban muy juntos, muy unidos, repitiendo como un mantra que Maddie estaba viva. Decía la doctora que si uno repite insistentemente algo, llega a creérselo.

Pero, ¿por qué nos interesaba tanto este caso? Porque la gran pregunta, me decía la psiquiatra, es la muerte y si alguien ha muerto, hasta que no sabemos quién es el responsable no encontramos descanso.

Un criminólogo me reconocía que la policía lusa estaba perdida. Todo era británico, la familia, los amigos, el bloque de apartamentos, Ocean Club, los empleados. Lo único que era portugués era el suelo. Era muy complejo penetrar en la mentalidad anglosajona.

A falta de noticias los medios británicos populares, con su habitual complejo de superioridad, los Mail, los Telegraph, se ensañaron con la policía portuguesa. Criticaron que, en plena investigación, el jefe de la zona, Gonzalo de Amaral, se fuera a comer por espacio de dos o tres horas. Contaron hasta la saciedad un caso en el que había fracasado años antes.

f6Después, Amaral publicó un libro La verdad de la mentira en el que acusaba a los padres de haber hecho desparecer a su hija (había rastros de sangre en el coche) después de que Maddie muriera accidentalmente (había rastros de sangre detrás del sofá), lo que llevó a un litigio de años entre padres y agente, que se saldó a favor del luso. Tiene derecho a expresar su opinión, sostuvo la justicia portuguesa.

Lo cierto es que la policía del país vecino reconoció que fue un poco chapucera en la investigación. Cuando se recogieron muestras del lugar del crimen, que no había sido sellado, se encontraron, entre otras cosas, restos de cigarros, presumiblemente de los propios policías lusos…

En septiembre, y en función de las pistas facilitadas por los perros, los padres eran citados como argüidos, imputados, ante la fiscalía de Portimão. Pero, a la salida, de noche, tras horas de interrogatorios y frente a los codazos de reporteros, redactores y fotógrafos de todo el mundo, la pareja, que había resistido todas las presiones, que no había respondido a las preguntas, volvía a proclamar su inocencia, con los ojos llorosos.

Días después, la justicia portuguesa tiró la toalla y autorizó su salida del país, el regreso a Gran Bretaña. Por la noche, la noticia se propagó entre los enviados especiales: los McCann se van. A las seis de la madrugada, todavía de noche, las cámaras y los focos de japoneses, británicos, estadounidenses o españoles, captaban a los McCann cargando las maletas en el coche en el que los perros que solo comían salmón habían detectado rastros de sangre. El camino hasta el aeropuerto de Faro, en el extremo oriental del Algarve, fue un lamentable espectáculo periodístico. Los coches de los equipos de TV se ponían en paralelo al de los McCann en la autovía. Rodaban unos minutos a la pareja, Gerry, con la mirada perdida, Kate, la madre con odio mal disimulado, y dejaban paso al siguiente.

La policía portuguesa dio carpetazo a la investigación hace nueve años. Desde entonces se han sucedido las pistas falsas. Siempre hay una nueva pista. Hasta hace un año, la policía británica ha tenido nada menos que 29 agentes (veintinueve) destinados al caso, con un costo de 14 millones de euros. Sin resultados. Ahora son cuatro. De vez en cuando, Scotland Yard asegura que va a interrogar a decenas de “sospechosos”. Y los padres insisten en que nunca van a dejar de buscar a su hija.

f7En el sumario del caso se cita La Promesa, una magnífica novela del suizo Friedrich Dürrenmatt, en la que se basaron dos películas, una interpretada por Jack Nicholson. Una niña es asesinada, no se encuentra al culpable, se cierra el caso y el investigador deja la policía para buscar por su cuenta, porque ha prometido a la madre que encontrará al asesino. Dürrenmatt la llamaba “la última novela policíaca”. El autor quería decir que en la ficción siempre se encuentra al asesino. En la realidad, no. En la obra, alguien, en el lecho de muerte, después de muchos años, confiesa lo que pasó.

En este caso, siempre hay una nueva pista, un nuevo sospechoso, un nuevo testigo. Ahora habla una niñera, que no existía entonces, que dice que alguna vez cuidó a Maddie, evidentemente no en la noche de los hechos, y ahora da su opinión. ¡Cuántos personajes, cuánto misterio!

La última vez que estuve en Praia da Luz fue en diciembre de ese año. Tras el intenso tráfico de los meses anteriores todo estaba dormido, como solo puede estar dormido, aletargado, vacío, un pueblo portugués. Los árboles de la pimienta, mecidos por el viento atlántico, acariciaban con melancolía el bloque de apartamentos, como si nada hubiera acontecido. Bajé hasta la vieja iglesia del pueblo de gruesos muros, junto a la costa, donde se refugiaban los McCann, católicos, en aquellas semanas tormentosas, para hablar con privacidad. El cura del pueblo les había dado la llave para que fueran cuando quisieran. Cuando la pareja fue imputada, el obispo de Faro cesó al párroco de manera fulminante.

Sentado junto en un bar, frente a la iglesia, había un paisano, un jubilado portugués que había visto todo el espectáculo en primera línea durante meses ¿Qué buscáis aquí?, me preguntó. Esto se acabó hace tiempo, dijo. Una barca, quizá, hacia alta mar y ¡plis, plas!, afirmó, sacudiendo las manos. Se acabó.

Por cierto, el asesino de la novela de Dürrenmatt era el chófer de una dama. La señora confiesa en el lecho de muerte. Cuando se aproxima el final no tiene sentido seguir mintiendo.

Y, por último, pero no menos importante, last but not least, como dicen los brits, nunca había acontecido algo así en Portugal y no ha pasado una cosa parecida en los últimos diez años. Aparte de adorable, Portugal es un país sereno, tranquilo y seguro. El caso que nos ocupa no supuso un descenso del turismo, en general, y británico, en particular. Por el contrario, el problema que tiene el país vecino, si acaso, es que bate records de visitas cada año.

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