Helmut Kohl, la muerte de un gigante

kohlUn gigante en lo físico y en lo político. Temblaba la tarima de sala donde entraba, con sus 1,93 de estatura y sus 150 kilos de peso, que recuperaba en unas semanas, tras la cura de adelgazamiento de verano en Austria.

Católico en una país de mayoría protestante. Duro, directo, con la sagacidad de un campesino de su tierra, el Palatinado, donde nació el 3 de abril de 1930. De lenguaje simple a pesar de su doctorado en Historia por Heidelberg. Helmut Kohl reconocía que tenía la suerte de haber nacido tarde; había cumplido nueve años cuando comenzó la segunda Guerra Mundial, de manera que solo pudo ser alistado como otros miles de jóvenes al final del conflicto, aunque no participó en la guerra. Si hubiera nacido antes hubiera sido un soldado más y quizá habría muerto como su hermano mayor y muchos millones de combatientes.

Entró en la CDU, la recién fundada democracia cristiana alemana, poco después del final de la guerra, con 17 años. Con 39, era el joven jefe de Gobierno del Estado federado de Renania-Palatinado. En 1976 fue elegido para el Bundestag y asumió la presidencia de la CDU, en la oposición.

Llegó al cargo de canciller en 1982, no directamente por la urnas sino por la "traición" de los liberales de Hans Dietrich Genscher, el que fuera tradicional partido-bisagra, que retiraron su apoyo al socialdemócrata Helmut Schmidt para dárselo a la democracia cristiana y a su oscuro presidente. Durante años fue objeto de críticas y de mofas por parte de la izquierda que se reía de su cara de pera, 'Birne' le llamaban, y de su flojísima tesis doctoral como historiador, sobre el resurgimiento de los partidos tras la guerra.

Pero la historia le aupó entre los más grandes, Adenauer, el padre de la nueva Alemania, Erhard el símbolo del milagro alemán, Brandt, la figura impecable que abrió las ventanas al Este y el siempre frío, hanseático, pero eficaz Helmut Schmidt.

No hizo nada para que cayera el muro, que se le vino encima a Gorbachov por su impreciso proceso de reformas, pero supo aprovechar la oportunidad para erigirse como el canciller de la soñada reunificación. La historia le colocó en un momento clave de la Europa del siglo XX, que él supo aprovechar con mano maestra. Y se arriesgó, anteponiendo la política a la lógica económica.

Hizo la unificación alemana a velocidad de vértigo, desde la caída del muro, el 9 de noviembre del 89, al 3 de octubre del 90. Los socialdemócratas, dirigidos entonces por Oskar Lafontaine, hoy en Die Linke, la Izquierda, proponían una fusión lenta, por etapas, no traumática, pero fueron barridos por la urnas en las elecciones del 18 de marzo de 1990, cuando ganó la CDU del Este, hermana de la Federal.

En un mitin en Dresde, todavía República Democrática, en las navidades del 89, Kohl vio a las masas eufóricas ondeando la bandera federal y dijo a sus vecinos en la tribuna: "Esto está hecho". Se refería a la unificación. Kohl sabía, informado por sus servicios secretos, o intuía con su sagacidad de campesino, que la Unión Soviética de Gorbachov no iba a durar mucho. Había 350.000 soldados soviéticos estacionados en la Alemania del Este. En caso de fragmentación de la URSS, como sucedió en 1991, hubiera sido imposible negociar con la ristra de nuevos estado surgidos, Ucrania, Bielorrusia, los bálticos, Azerbaiyán...

Se arriesgó mucho Kohl en la primera fase de la unificación, la unión económica y monetaria de las dos Alemanias cuando, en contra de la lógica económica y del criterio del Banco Central alemán, Bundesbank, impuso el cambio de 1:1, un marco del Oeste por uno del Este, cuando lo razonable hubiera sido 1:2 o 1:3. Pero los salarios de los germanorientales hubieran sido más bajos que los de los ricos vecinos occidentales, no lo hubieran aceptado y se hubieran ido en masa al Oeste, ahora que podían. Y la economía planificada de la RDA, el socialismo real, se derrumbó en unos meses. No podía competir en el mercado capitalista.

Con la unificación nació un gigante en el corazón de Europa. Kohl, perteneciente a la generación que vivió la guerra, que vio su ciudad natal, Ludwigshafen, convertida en ruinas, sostenía siempre que deseaba una Alemania diluida en Europa, no una Europa dominada por Alemania.

La Francia de Mitterrand tenía miedo. Había que anclar al gigante y surgió la Unión Europea y el euro, una reforma que, como ha demostrado la crisis griega, nació coja, no se propuso una unión política y fiscal y se mezclaron en la moneda países demasiado fuertes con los demasiado débiles.

Se equivocó también Kohl con el futuro de la Alemania del Este para la que prometía en 1990 unos "paisajes florecientes en tres o cuatro años". Años después iba alargando los plazos. Su profecía no se cumplió. Hoy, 25 años después, los nuevos Estados del Este alemán, salvo algunas islas, son páramos industriales, tierra de emigración. La misma capital unificada, la Ciudad-Estado de Berlín, ese imán 'cool' y 'trendy' para los jóvenes, vive de las ayudas de los otros Länder.

En 1999, tras perder las elecciones frente al socialdemócrata Gerhard Schroeder un año antes, pasó de la cumbre de la historia a las cloacas de la política, en un país donde la corrupción se paga. Y rápidamente. Se descubrió que Kohl había facilitado la financiación ilegal de su partido, sobre todo de la pobre CDU del Este, mediante fondos de una petrolífera francesa y la venta de carros de combate a Arabia Saudí. Su protegida, la mujer que llegó del Este, Angela Merkel, a la que nombró ministra del primer Gobierno de la Alemania unificada, no movió una pestaña al ver la caída de su mentor político. Luego, le mató políticamente y pidió su salida de la Presidencia del partido, cargo que ocupó ella. Cinco años después llegó a la Cancillería, desde la que, como dicen sus críticos, rige los destinos de Europa.

Hace un año, en declaraciones no autorizadas que debían ser publicadas tras su muerte, Kohl se vengaría diciendo que la señora Merkel, a la que habitualmente llamaba "la niña", era un desastre, porque en los banquetes oficiales no sabía como se cogían el tenedor y el cuchillo.

Kohl tuvo una muy buena amistad, contra natura política, con Felipe González que se fraguó, según me contó un diplomático, en la charla que tuvieron hasta bien entrada la madrugada, cuando el canciller visitó Doñana. González, muy hábil al granjearse la confianza del político más poderoso de Europa, fue el primero en apoyar la unificación nada más caer el muro, justo lo contrario de lo que sostenía su correligionario Mitterrand. Kohl nunca olvidaría ese gesto de su amigo" Filippe", como le llamaba.

Impetuoso en todo, lo era también en lo afectivo El director de la revista 'Burda', que insinuó una relación del canciller con su secretaria de la época de Bonn, Juliane Weber, con la que compartía casa, fue cesado de manera fulminante por el presidente del grupo, amigo del canciller.

Su esposa Hannelore vivió muchos años recluida en su casa de Oggersheim, en el Palatinado. Se suicidó en 2001. Era una víctima más de la gran tragedia alemana y europea. Sufría una extraña alergia a la luz. Había sido violada por soldados soviéticos, cuando las tropas entraron en el Este alemán en la primavera de 1945, algo que sucedió a muchísimas mujeres que vivían en aquellas zonas. Una historia que solo hace poco salió a la luz.

En 2008, Kohl sufrió un traumatismo craneoencefálico al caerse en su casa y desde entonces tenía problemas con el habla y paralizado parte del cuerpo. Pero poco después se casó con una funcionaria del ministerio de Economía, Maike Richter, 35 años más joven, a la que había conocido en 1996, cuando trabajaba en la cancillería. Cuidó de él, pero le aisló de su antiguos amigos, de su fiel chófer con el que había hecho cinco millones de kilómetros por todo el país; incluso de su dos hijos varones, que vivieron siempre a la sombra del gigante.

El ascenso y la caída de un gran líder. Una tragedia alemana, personal y familiar, decía hace unos años el semanario Der Spiegel.

*Daniel Peral fue corresponsal de TVE en Bonn y Berlín entre 1990 y 1996.

 

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