La crisis del Gobierno alemán por el desafío migratorio sacude los cimientos de la UE

Crisis del Gobierno alemanAngela Merkel ha aparcado la crisis del Gobierno alemán pero ha renunciado, al igual que la propia Unión Europea, a los grandes valores de solidaridad, respeto y dignidad. El desafío migratorio ha afectado a los cimientos comunitarios y está lejos de resolverse. 

La canciller germana, Angela Merkel, ha salvado in extremis su coalición de Gobierno, sin que quepa concluir no obstante que las heridas se hayan cerrado y que la crisis del Gobierno alemán no vuelva a abrirse ante cualquier incidente. Su Ejecutivo, como la propia Unión Europea (UE), sigue sin resolver el desafío más importante: el de la masiva llegada de inmigrantes y refugiados, que huyen tanto de las guerras económicas como de las bombas que aniquilan sus tierras y medios de vida.

Merkel había conseguido a duras penas establecer acuerdos bilaterales con otros países de la Unión Europea, Grecia y España especialmente, según los cuales Alemania devolvería a esos países a los demandantes de asilo que hubieran llegado a su territorio, pero cuya solicitud debe ser procesada en el primer Estado de la UE por el que entraron. Así lo establece el Reglamento de Dublín, convertido prácticamente en letra muerta por el desbordamiento de las avalanchas humanas que convergieron sobre Alemania, sobre todo a raíz de que la canciller abriera las puertas del país en 2015 a las primeras oleadas de refugiados procedentes de la guerra de Siria.

La enorme catarata de solicitantes de asilo obligó a las instituciones europeas a distinguir entre refugiados e inmigrantes económicos, distinción que cada vez cobra menos sentido, puesto que estos últimos huyen a su vez de la destrucción de sus medios de vida, consecuencia de lo que sin eufemismos puede denominarse guerras económicas, derivadas de la globalización y de la descarnada competencia comercial.

Merkel renuncia a los pilares de la UE

Angela Merkel ha girado 180º desde su política de puertas abiertas a la actual de fronteras cerradas, proponiendo incluso “centros de tránsito” (los afectados los llaman “campos de concentración”), donde aparcar a los peticionarios de asilo sospechosos de no haber llegado a Alemania cumpliendo los requisitos de Dublín.

La canciller ha tenido que renunciar implícitamente, al igual que la propia UE, a los grandes valores de solidaridad, respeto y dignidad, que conforman precisamente los pilares del gran proyecto de la Unión. Para evitar la crisis del Gobierno alemán ha tenido que ceder al ultimátum de su propio ministro del Interior, el bávaro Horst Seehofer, líder de la Unión Cristiano Social (CSU), el ala dura y autónoma en Baviera de la Unión Demócrata Cristiana (CDU). Seehofer ha entrado en pánico al ver que las encuestas de cara a las elecciones bávaras del próximo octubre le muestran las dentelladas a su tradicional electorado por parte de Alternativa para Alemania (AfD), cuyo avance se asienta precisamente en su oposición a la inmigración masiva.

La canciller aceptó las exigencias de Seehofer de acelerar el regreso de los demandantes de asilo que hayan iniciado el trámite en Grecia, Italia o España, y el establecimiento de los centros de tránsito junto a las fronteras alemanas. Los socialdemócratas del SPD han matizado esto último, de manera que los trámites habrán de ejecutarse, no en centros de nueva construcción, sino en dependencias policiales ya existentes.

Aparcada así, siquiera temporalmente, la crisis del Gobierno alemán, Seehofer hubo de viajar a Viena para calmar las inquietudes del canciller austriaco, Sebastian Kurz, y sobre todo de su vicecanciller, el líder del Partido de la Libertad (FPÖ), Heinz-Christian Strache, que amenazaban con clausurar la frontera germano-austriaca si los inmigrantes rechazados terminaban por cualquier circunstancia en territorio austriaco.

Peor lo tiene la canciller con Hungría, cuyo primer ministro, Viktor Orban, ha reiterado una vez más que no respetará el Reglamento de Dublín, por lo que no aceptará recibir a los solicitantes de asilo que hayan llegado a Alemania desde territorio magyar.

El desafío migratorio está, pues, lejos de resolverse. La canciller Merkel tampoco puede asegurar cuánto tiempo durará su Gobierno de coalición si se produce otro incidente. Esta crisis, en fin, ha causado una grave aluminosis en los cimientos de la UE, cuyo símbolo de libertad más emblemático, el Tratado de Schengen, podría saltar por los aires.

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