HACIA UNOS ESTADOS UNIDOS DE EUROPA

Las presiones geopolíticas, la necesidad de soberanía económica y los desafíos globales climáticos, exigen a la Unión Europea un salto cualitativo y la progresiva adopción de una transición, de naturaleza federal, que nos lleve a medio plazo a unos Estados Unidos de Europa. La UE se encuentra en estos momentos ante el dilema de avanzar firmemente hacia una integración política y económica más profunda o estancarse en una unión de mercados vulnerable ante los desafíos globales.

Parlamento Europeo EstrasburgoFoto: Parlamento Europeo, Estrasburgo. Autor: Jorge Juan Morante López, secretario de Europa en Suma

El denominado Comité de Acción para los Estados Unidos de Europa se ha reconstruido hace unos meses, relanzado así la iniciativa original de Jean Monnet. Este Comité de acción, impulsado por diversas organizaciones europeas federalistas así como numerosas personalidades de alto perfil de diversos países y organizaciones europeístas, persigue propiciar el logro de una soberanía europea real y el avance hacia una Unión política profunda, y ello mediante objetivos fundamentales tales como: una Unión europea de Defensa, una Reforma de los Tratados europeos que promueva la supresión del requisito de unanimidad en el sistema de toma de decisiones, una soberanía estratégica, así como una mayor competitividad europea a través de las recomendaciones del Informe Draghi sobre competitividad, y el Informe Letta sobre profundización del Mercado único europeo.

En consonancia y en apoyo de las anteriores ideas y organizaciones, nos vamos a permitir aportar algunas propuestas y argumentos desde diversas perspectivas: sociales, económicas, políticas o tecnológicas, en aras de lograr esa necesaria transición a medio y largo plazo hacia unos Estados Unidos de Europa.

Desde una perspectiva social, unos Estados Unidos de Europa harían posible una política social realmente común que redujera las enormes brechas existentes entre Estados y regiones. Un presupuesto federal sólido, dotado de recursos propios, podría financiar programas de convergencia en educación, sanidad, vivienda y protección social, evitando el dumping social interno y la competencia a la baja en derechos laborales. Ello reforzaría la cohesión territorial, mitigaría tensiones nacionalistas y daría sentido tangible a la idea de ciudadanía europea, que hoy sigue siendo más jurídica que efectiva socialmente. Al mismo tiempo, la consolidación de esa ciudadanía implicaría derechos políticos plenos a escala federal, con un Parlamento dotado de capacidades legislativas completas y un Gobierno europeo claramente responsable ante la representación popular.

En el ámbito económico, la constitución de una federación europea supondría la culminación y racionalización del mercado interior. Pese a los avances, siguen existiendo barreras regulatorias, fiscales y administrativas que encarecen y dificultan la actividad de empresas y ciudadanos. Un marco federal permitiría una armonización más profunda y coherente en normas clave, reduciendo la incertidumbre y los costes de transacción. Esto propiciaría el surgimiento de empresas verdaderamente paneuropeas y cadenas de valor integradas, con mayor competitividad frente a Estados Unidos, China u otras potencias. Y en paralelo a ello, una política industrial y tecnológica conjunta, diseñada a nivel federal, permitiría concentrar recursos en proyectos estratégicos de gran escala en ámbitos como los semiconductores, la inteligencia artificial, la biotecnología o las energías limpias, evitando duplicidades y rivalidades internas entre Estados.

El avance económico estaría incompleto sin una verdadera Unión fiscal y monetaria. La existencia de una moneda común sin un Tesoro federal y sin una política fiscal integrada ha generado tensiones recurrentes y riesgos de crisis de deuda soberana. Unos Estados Unidos de Europa permitirían completar la Unión bancaria, crear instrumentos permanentes de estabilización y emitir deuda conjunta de manera normalizada. Además, la estabilidad del euro se vería reforzada, ganando credibilidad y proyección internacional, y se dispondría de herramientas más potentes para responder a shocks económicos asimétricos. Al mismo tiempo, un sistema fiscal federal podría fijar unos mínimos efectivos en determinados impuestos y combatir de forma más eficaz la evasión y el fraude transfronterizo, reforzando la justicia tributaria.

La perspectiva demográfica y migratoria es otro argumento decisivo. Europa envejece y corre el riesgo de perder peso relativo en el escenario mundial si no articula políticas migratorias ordenadas, previsibles y solidarias. Un marco federal permitiría gestionar los flujos migratorios como un reto compartido, con estándares de acogida homogéneos y un reparto equitativo de responsabilidades entre regiones y Estados. Una política de integración cívica y laboral europea, frente a veintisiete políticas descoordinadas, facilitaría la inclusión de las personas migrantes y garantizaría la sostenibilidad del Estado social, corrigiendo el actual uso partidista y polarizador del fenómeno migratorio. De este modo, la migración sería abordada como una eficaz solución demográfica y económica, y no solo como problema.

En el terreno político y geopolítico, el salto federal es casi una condición de supervivencia. En un mundo de bloques, la fragmentación europea debilita la capacidad de influir en la resolución de conflictos, en la gobernanza global o en la regulación de la economía digital. Unos Estados Unidos de Europa, dotados de política exterior y de defensa unificadas, podrían hablar con una sola voz en los grandes foros internacionales y negociar en pie de igualdad con otras potencias. Una defensa común, con fuerzas armadas coordinadas y planificación estratégica compartida, optimizaría el gasto, mejoraría la interoperabilidad y reforzaría la autonomía estratégica, reduciendo la dependencia de actores externos. Una Europa federal, en definitiva, seguiría cooperando con sus aliados, pero desde una posición de mayor capacidad y menos vulnerabilidad.

La calidad democrática también saldría claramente reforzada en un diseño federal claro y comprensible. Un Parlamento con poderes plenos y un gobierno europeo responsable ante él harían más transparente quién decide qué, superando en buena medida el actual laberinto de competencias y vetos. Desaparecería así gran parte del juego de culpas entre Bruselas y los gobiernos nacionales, pues la rendición de cuentas se concentraría en instituciones federales dotadas de legitimidad directa. Además, la protección de derechos fundamentales podría articularse mediante tribunales federales con competencias claras para reaccionar frente a derivas autoritarias o violaciones graves del Estado de derecho en cualquier territorio, garantizando un mínimo democrático irrenunciable.

En el terreno tecnológico y digital, una federación europea sería también mucho más capaz de defender su soberanía y sus valores. Un marco regulatorio único y potente frente a las grandes plataformas globales permitiría proteger mejor los datos personales, luchar contra la desinformación y regular la Inteligencia artificial conforme a estándares éticos exigentes. Empresas y ciudadanos se beneficiarían de normas homogéneas, claras y previsibles, en lugar de navegar entre veintisiete legislaciones divergentes. Además, la inversión coordinada en infraestructuras digitales, redes energéticas, transporte ferroviario y logístico tendría un sentido mucho más coherente en clave continental, superando los cuellos de botella nacionales y reforzando la cohesión territorial.

La ciencia y la innovación, ya bastante europeas en la práctica, encontrarían en la federación un marco institucional natural. Grandes programas de I+D, financiados y diseñados a escala federal, podrían proporcionar estabilidad y visión a largo plazo a las comunidades científicas y tecnológicas. Centros de excelencia distribuidos por diferentes regiones, trabajando en red, harían un uso más eficaz del talento y de los recursos, evitando duplicidades y favoreciendo la especialización inteligente. La fuga de cerebros hacia otros polos científicos se mitigaría si Europa ofreciera no solo buenos proyectos, sino también un entorno político estable y un horizonte integrador ilusionante.

Finalmente, la dimensión cultural, identitaria y generacional aporta un argumento realmente movilizador. Europa es, por naturaleza, un mosaico de lenguas, culturas e historias; la federación no busca borrarlas, sino reconocerlas y articularlas en un marco común que las proteja y potencie. Unos Estados Unidos de Europa permitirían políticas más ambiciosas de intercambio educativo, movilidad laboral y cooperación cultural, generando una esfera pública europea más densa y viva. Para las nuevas generaciones, preocupadas por el clima, la igualdad y la paz, la federación europea puede convertirse en el proyecto político que dé sentido a sus aspiraciones, superando el horizonte limitado de los Estados-nación.

En resumen, avanzar hacia unos Estados Unidos de Europa no es solo una opción institucional, sino una apuesta por un proyecto de futuro compartido que haga de Europa algo más que un mercado: una auténtica comunidad política de derechos, responsabilidades y confianza hacia una sociedad mejor y más avanzada.

 

Jesús Lizcano Álvarez

Catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Madrid Académico de la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras

Cofundador y Expresidente de Transparencia Internacional España

Director de la revista Encuentros Multidisciplinares