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Islandia: la ley, el pueblo y Europa

#Islandia #UniónEuropea #Referéndum #UE #Iceland #EU #Alþingi
Islandia: la ley, el pueblo y Europa
Créditos de la imagen: La escultura más famosa de Reikiavik, el Viajero del Sol. Su autor, Jón Gunnar Árnason, pensó en un barco vikingo para definir la historia de Islandia. El artista pretendía que cada persona que llegase a Reikiavik, al ver este barco metálico, imaginase adónde podría viajar con él. Crédito de la imagen: Isabel Paz Menéndez
  • fuente-de-la-imagen: La escultura más famosa de Reikiavik, el Viajero del Sol. Su autor, Jón Gunnar Árnason, pensó en un barco vikingo para definir la historia de Islandia. El artista pretendía que cada persona que llegase a Reikiavik, al ver este barco metálico, imaginase adónde podría viajar con él. Crédito de la imagen: Isabel Paz Menéndez
  • Subtítulo: #Islandia #UniónEuropea #Referéndum #UE #Iceland #EU #Alþingi

En Islandia fue legal matar vascos hasta hace cuatro días. Esta es la provocadora simplificación de una historia real que dice mucho más sobre los islandeses que los propios hechos.

En 1615, tres barcos balleneros vascos naufragaron frente a los Fiordos del Oeste. Unos ochenta hombres consiguieron sobrevivir, pero se encontraron atrapados en una isla hostil, a las puertas del invierno y con escasos recursos. Las tensiones con la población local terminaron en tragedia. El magistrado Ari Magnússon declaró a los náufragos fuera de la ley y 32 de ellos fueron asesinados. Una auténtica matanza y no de ballenas, que también.

Aquello no fue simplemente una carnicería espontánea. Antes hubo una decisión conforme a derecho. Los vascos fueron considerados delincuentes y proscritos conforme al ordenamiento entonces vigente. Cuatrocientos años después, en 2015 (es decir, nada menos que tras  cuatro siglos) el comisario de los Fiordos del Oeste revocó simbólicamente aquella disposición. «Ahora es seguro para los vascos venir aquí», bromeó durante la ceremonia. Islandia había tardado cuatrocientos años en revocar simbólicamente aquella vieja disposición.

No porque en 2015 fuese realmente posible matar impunemente a un vasco —naturalmente, el derecho penal moderno lo impedía—, sino porque incluso una ley muerta merecía ser formalmente corregida.

Quizá ahí se encuentre una pequeña clave para entender a Islandia.

La historia resulta reveladora porque nos introduce en uno de los rasgos más profundos de la cultura política islandesa: el extraordinario respeto por la ley y por las decisiones de la comunidad.

Mucho antes de aquel episodio, en el año 930, los primeros pobladores de Islandia habían establecido el Alþingi en Þingvellir. No era un parlamento democrático en nuestro sentido contemporáneo, pero sí una institución extraordinaria para la Europa medieval. En una isla sin rey propio y prácticamente sin poder ejecutivo central, los hombres libres se reunían periódicamente para aprobar leyes, resolver disputas y tomar decisiones que afectan al conjunto de la comunidad.

Por eso el Alþingi es considerado uno de los parlamentos más antiguos del mundo.

Aurora boreal sobre Þingvallavatn, el lago de Þingvellir. Bajo sus aguas y paisaje se abre la gran fractura que separa las placas tectónicas norteamericana y euroasiática. Þingvellir recuerda algo interesante: una falla no es solamente el lugar donde dos mundos se separan. También es el lugar donde esa separación queda a la vista y puede comprenderse.  Crédito de la imagen: Juan Carlos Casado

 

La propia geografía parece haber querido proporcionar una metáfora. Þingvellir se encuentra sobre la gran fractura que separa las placas tectónicas norteamericana y euroasiática. Allí donde Europa y América se separan unos milímetros cada año, los islandeses llevan más de un milenio reuniéndose para decidir colectivamente su destino.

Ese apego a la soberanía política reaparecerá de forma espectacular muchos siglos después.

 

Cuando quebró el país

En octubre de 2008 Islandia sufrió uno de los colapsos financieros más extraordinarios en la crisis financiera que hizo explotar la caída de Lehman Brothers. Sus tres grandes bancos —Glitnir, Landsbanki y Kaupthing— se derrumbaron después de haber acumulado activos y pasivos varias veces superiores al tamaño de la economía nacional.

Para un país de poco más de 300.000 habitantes, aquello era una catástrofe.

La corona se desplomó, el mercado bursátil prácticamente se congeló y el Estado tuvo que solicitar ayuda al Fondo Monetario Internacional. Las protestas ciudadanas terminaron provocando la caída del Gobierno.

Pero Islandia tomó una decisión fundamental: no podía salvar íntegramente a un sistema bancario cuyo tamaño excedía ampliamente la capacidad fiscal del propio Estado. 

La crisis dio lugar además al conflicto de Icesave. Landsbanki había captado miles de millones de euros de depositantes británicos y neerlandeses a través de aquellas cuentas de alta remuneración. Reino Unido y Países Bajos indemnizaron a sus ciudadanos y reclamaron después a Islandia que asumiera determinadas obligaciones derivadas de esos depósitos.

El Parlamento aprobó los acuerdos.

Y entonces intervino el presidente de la República.

Ólafur Ragnar Grímsson se negó a promulgar las leyes y utilizó una facultad constitucional excepcional para someterlas directamente a los ciudadanos.

Los islandeses votaron.

En marzo de 2010 rechazaron el primer acuerdo. Después de nuevas negociaciones, el Alþingi aprobó otro. El presidente volvió a negarse a firmarlo y, en abril de 2011, los ciudadanos volvieron a rechazarlo.

No desaparecieron por ello las obligaciones internacionales de Islandia ni la crisis se resolvió mágicamente en las urnas. Pero el mensaje político era extraordinariamente poderoso: una cuestión que comprometía financieramente a varias generaciones no podía resolverse únicamente entre gobiernos, bancos y parlamentos sin escuchar directamente a los ciudadanos.

Frente al mar, en Reikiavik, capital de Islandia, se levanta Harpa, uno de los símbolos más reconocibles de la recuperación del país. Cuando Islandia se hundió en la crisis financiera de 2008, la construcción del gran auditorio quedó paralizada. El colapso de sus principales bancos había llevado al país al borde de la bancarrota.Su espectacular fachada de cristal terminó convirtiéndose en una poderosa metáfora del país: una obra detenida por la crisis que volvió a levantarse al mismo tiempo que Islandia.
Crédito imagen: Isabel Paz Menéndez

 

Islandia acabó saliendo de la crisis mucho más rápidamente de lo que muchos habían pronosticado (y de lo que lo hicieron otros países en los que el estado absorbió las pérdidas financieras del sector bancario, como Grecia o Irlanda). Hubo controles de capital, reestructuración bancaria, asistencia internacional y una fuerte depreciación de la corona. El coste social fue considerable, pero el país recuperó el crecimiento y preservó algo especialmente valioso para una sociedad pequeña: la capacidad de tomar sus propias decisiones.

 

Europa como refugio

En 2009, con la economía todavía devastada y la corona profundamente debilitada, el Alþingi autorizó solicitar la adhesión a la UE. La posibilidad de adoptar algún día el euro y refugiarse dentro de una estructura económica mucho mayor parecía entonces bastante más atractiva que antes del colapso.

Las negociaciones comenzaron al año siguiente.

En el centro de Reikiavik, 2015. Habían pasado cuatro años desde la inauguración del Harpa. La pintada, estaba a pocos metros del centro de conciertos y conferencias, premio Premio Mies van der Rohe. 2013.
Crédito de la imagen: Isabel Paz Menéndez

 

Pero, a medida que Islandia recuperaba la estabilidad económica, el entusiasmo europeo disminuye. Reaparecieron las viejas reservas sobre la pérdida de soberanía y, sobre todo, sobre dos cuestiones esenciales para un país cuya historia y prosperidad están ligadas al mar: la pesca y el control de sus aguas.

Islandia, puerta grande del Ártico, trabajó y “explotó” el sector turístico. Europeos y viajeros de todos los continentes engrosaron los sorprendentes datos de la isla en recuperación: de 500.000 visitantes en 2010 a 2,3 millones en 2024.

En 2013, tras un cambio de Gobierno, las negociaciones quedaron suspendidas. En 2015, el Gobierno comunicó a Bruselas que Islandia dejaba de considerarse candidata, aunque la solicitud de adhesión de 2009 no llegó a ser formalmente retirada.

Y aquí aparece una pregunta que afecta menos a Islandia que a la propia Unión Europea.

 

¿Dónde está la capacidad de seducción de Europa?

Durante décadas, la Unión Europea ejerció una extraordinaria fuerza de atracción. Para los países que habían vivido bajo dictaduras en el sur de Europa, el sueño de la integración europea significaba democracia, modernización y prosperidad. Para los antiguos países comunistas del Este representaba además el regreso político a la historia del viejo continente, del que había estado apartada desde 1945. Entrar en la Unión no era simplemente incorporarse a un mercado: significaba pertenecer a un proyecto histórico.

Islandia obliga a preguntarse cuánto queda hoy de aquella capacidad de seducción.

El caballo islandés, pequeño, de poco peso. Resistente, de musculatura fuerte y pelaje espeso que lo protege del frío extremo. Fue y es un ejemplo de adaptación y resiliencia. Las granjas de caballos son un importante activo en la Islandia que surgió de la bancarrota.
Crédito imagen: Juan Carlos Casado.

 

El referéndum de este mes de agosto de 2026 no planteaba a los islandeses un sacrificio irreversible. Ni siquiera la pregunta inmediata concierne el ingreso en tanto que tal en la Unión Europea. Interpelaba sobre algo mucho más modesto: si merecía la pena volver a sentarse a negociar.

Y una mayoría ha contestado que no.

El 52,8 % votó No frente al 47,2 % que votó Sí, con una participación extraordinariamente elevada, del 82,5 %.

El dato debería preocupar también en Bruselas.

La geopolítica parecía haber acudido en ayuda de los europeístas. Donald Trump llevaba meses amenazando con hacerse con la vecina Groenlandia y poniendo en duda la solidez del compromiso estadounidense con sus aliados. En Davos llegó, incluso, a confundir repetidamente Groenlandia con Islandia. Para un país sin ejército permanente, cuya defensa descansa sobre la OTAN y sobre un acuerdo bilateral con Estados Unidos firmado en 1951, las palabras del presidente norteamericano difícilmente podían resultar indiferentes.

Trump ofrecía así, quizá involuntariamente, uno de los mejores argumentos a quienes defendían un mayor acercamiento islandés a Europa: en un Ártico cada vez más disputado, ¿no estaría Islandia más protegida formando parte plenamente de la Unión?

Ni siquiera eso fue suficiente.

Islandia no es un país aislado de Europa. Forma parte del Espacio Económico Europeo y de Schengen, participa ampliamente en el mercado interior y ha incorporado buena parte de la legislación comunitaria. Sus ciudadanos estudian, trabajan, comercian y viajan dentro de un espacio profundamente europeo.

Precisamente por eso su posición resulta tan significativa: Islandia disfruta ya de buena parte de las ventajas de la integración europea sin formar parte de las instituciones políticas de la Unión.

No basta con explicar qué obligaciones asume Islandia. Hay que explicar qué ganaría.

Es insuficiente recordar el tamaño del mercado único cuando los islandeses ya participan en él. No basta con hablar de estabilidad monetaria cuando el país recuerda que salió de la crisis de 2008 conservando su propia moneda. Y resulta difícil vender las virtudes de compartir soberanía a una sociedad que considera el control de sus recursos pesqueros parte esencial de su independencia.

El problema, por tanto, quizá no sea solamente que Islandia se resista a Europa.

Quizá sea también que Europa ha perdido parte de su capacidad para seducir a Islandia.

 

Una isla que quiere decidir

Las placas Norteamericana (al oeste) y Euroasiática (al este) se están separando. Velocidad: unos 2 centímetros por año. De momento, la isla que debe su existencia al punto caliente o pluma mantélica sobre la que se asienta, no toma el camino que la lleva a la UE.
Crédito imagen: Fernando Bernal García

 

Desde el Alþingi del año 930 hasta el referéndum de 2026 transcurren casi once siglos. Evidentemente, no existe una línea recta entre aquella sociedad medieval y la moderna democracia islandesa. Pretenderlo sería convertir la historia en mito.

Pero sí puede reconocerse una continuidad cultural alrededor de una idea: las reglas importan y las decisiones fundamentales de la comunidad necesitan la legitimidad que solo la discusión y el voto de todas y de todos puede generar.

UE, estás invitada a Þingvellir. Ven cuando quieras.

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