Confesión desencantada de un español aspirante a europeo

desencantoArtículo publicado originalmente en Periodismo Global, la otra mirada.

Europa en Suma organiza la próxima semana una jornada para reflexionar sobre la tres décadas pasadas desde que España firmaba su adhesión a la entonces Comunidad Económica Europea.  Se nos invita a sus socios a colaborar con nuestra reflexiones. Pues esta es la mía.

Primero un recuerdo personal. Por entonces yo luchaba por crear bases documentale en los Servicios Informativos de TVE. Y para ello trabajaba con un sistema Mistral, que incluía hardware y software de la empresa francesa Honeywell Bull. Al tiempo que RTVE adquirieron este equipamiento el Congreso, el Senado y varios ministerios. Mistral (¡ay! ¡qué nostalgia de los nombre poéticos de la tecnología francesa de los 80!) venía en el mismo paquete que el AVE o la entrega de etarras. Herramientas imprescindibles para la modernización, pero adquiridas como contrapartida negociadora, muchas veces sin un dimensionamiento riguroso de costes y necesidades. Me parece que al menos durante la primera década en Europa se compraron demasiados “paquetes llave en mano” y se entregaron a cambio sectores que necesitaban modernizarse, pero que no era necesario liquidar.

Como muchos sentí que la adhesión significaba que ya “semos europeos”. Esto es, que no cabía marcha atrás en la democracia y el progreso económico. Y que podíamos reforzar el ala de los países federalistas, dirigida por una Francia tantas veces desdeñosa, pero de la que ahora nos convertíamos en un importante aliado. Ingenuamente pensaba que eran posibles los Estados Unidos de Europa, un polo de democracia social, equilibrador de la democracia capitalista norteamericana y del bloque comunista, ya en proceso de franca descomposición.

Por supuesto no me afectaron los cambios de la política agraria. Ciertamente el campo español necesitaba un redimensionamiento, pero desde la ciudad no nos preocupaba demasiado que pasaba con las explotaciones lecheras tradicionales. No sabíamos -ni sabemos, ni nos importa- de donde viene la leche que consumimos en bric. Pensabamos que si las imposiciones se proyectaban sobre el calibre de las fresas o los pepinos la cosa no tenía más trascendencia.

Tampoco me vi afectado por las reconversiones industriales, años de verdadera revuelta social que se apagaron con ayudas sociales imprescindibles, pero que dejaron un desierto industrial, que es una de las causas de la dureza de la actual crisis. Reconvertir se reconvirtió poco, cerrar y destruir, mucho.

Ilusionantes era los grandes proyectos de Delors. La mayor parte quedaron en nada. Entonces apareció la meta de la moneda única y con ella los criterios de Maastrich. Domeñar la deuda, el déficit para llegar al euro, con el coste de una crisis, infinitamente más suave que la actual. Desde entonces se ha hecho cada vez más evidente que el adn de la Unión es el economicismo, la competitividad, la prioridad de las empresas sobre los ciudadanos. Afortunadamente aparecen algunos resquicios, como el Protocolo Adicional al Tratado de Maastrich que permite a los estados definir tan ampliamente como deseen el servicio público de la radio y la televisión, delimitando eso sí su financiación pública: que se limite al coste neto del servicio, que sea proporcionado y no incurra en competencia desleal.

En 2001 tuve la oportunidad de recorrer los países del centro y este de Europa que se preparaban para su adhesión. Todavía encontré algún eco de admiración por la transisión española (sobre todo en Polonia), pero estaba claro que los nuevos socios se iban a orientar a la derecha, en el bando de los que quieren mercado, pero no unión. Luego, serían la “nueva Europa” de Rumsfeld.

Todavía a la hora del referendum sobre la Constitución Europea defendí que era un paso adelante hacia la unión política, frente a tanto amigos que la veían como la consagración del neoliberalismo. Como dije antes, ahora me parece que la constitución material se rige por un principio esencial: competitividad empresarial. Por cierto ¿qué fue de la Europa Social?.

Ahora siento a menudo vergüenza de esta Europa de 28 países y más de 5oo millones que se pelea para reapartirse 40.000 refugiado. Una Europa al que le pesa Grecia y sólo censura con la boca pequeña la deriva hacia la dictadura del húngaro Orban. Una Europa que aprovechará el chantaje de Cameron para ser todavía menos Europa y más mercado, más intergubernamental y menos uión. Una Europa cada vez más dominada por partidos postfascistas (¿por qué llamarlos populistas?), fascistas 3.0, por ahora sin uniformes, pero que quieren destruir cualquier atisbo de solidaridad.

Por supuesto que el balance también tiene mucho de positivo. Ahí están los erasmus, ahí está la protección del consumidor. Ahí quedaron los fondos estructurales y de cohesión, que España no utilizó tan mal como Grecia o Italia. Pero tengo la sensación que más que déficit democrático tenemos impotencia democrática. Da igual lo que se vote a nivel nacional o europeo, esa constitución material de la competitividad empresarial está siempre por encima. Se me dirá que eso es consecuencia de la globalización. De acuerdo, pero yo creía que la Unión Europea era el ámbito para integrarnos en una globalización eficiente y solidaria. ¡Qué iluso!

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