Cuando hay que pelear por lo evidente

Toca moverse por defender la Unión Europea, porque más allá de las críticas que podamos hacer a algunas, o muchas, de sus decisiones, es la propia casa la que está en riesgo de colapso.

pelear por lo evidenteLos europeístas estamos llamados el próximo 25 de marzo en Roma a una manifestación en defensa de la UE, de sus valores, de su historia y del proceso hacia la Unión Política. Ese día se cumplen 60 años de la firma de los llamados Tratados de Roma que alumbraron la Comunidad Económica y Europea, la base sobre la que años después se ha construido el instrumento más eficaz del Viejo Continente para hacer frente a los retos de la guerra y de la globalización, y que ahora se encuentra seriamente amenazado. Pero que nadie se confunda: el futuro de nuestra democracia está en la UE; o la fortalecemos, o me temo que no hay futuro.

Parece claro: es una operación matemática de pros y contras con un resultado aplastante. Y, sin embargo, hay que pelear por lo evidente. Porque surgen enemigos por doquier, a uno y otro lado del Atlántico y, muy especialmente, en nuestra propia casa. Toca moverse, más allá de las críticas que podamos hacer a algunas, o muchas, de sus decisiones, porque es la propia casa la que está en riesgo de colapso.

Tratados de Roma:Cuando se soñó con los Estados Unidos de Europa

estados unidos europaLa Unión Europea pasa por un momento crítico: reina el euroescepticismo, priman los intereses nacionales sobre los comunitarios, el individualismo sobre la solidaridad, se gobierna a espaldas del ciudadano... Nada nuevo. Salvando distancias, así nació su predecesora, la Comunidad Económica Europea (CEE), hace ahora sesenta años.

Tras el desastre de la Segunda Guerra Mundial, se volvió a recuperar el discurso de unidad europea del periodo de entreguerras. Era necesario reconciliar a Europa y sobre todo a Francia y Alemania. En 1948 nacen el Movimiento y el Consejo Europeo, y en 1951, seis países (Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo) creaban la CECA, el mercado común del carbón y el acero, las materias primas que originaron las últimas guerras en el continente. Pero cuando se quiere dar un paso más hacia la integración con la Comunidad Europea de Defensa, el rechazo del Parlamento francés en 1954 impide formar un ejército europeo lo que conllevaba una política exterior común y avanzar hacia la unidad política, hacia los Estados Unidos de Europa con los que soñaban los europeístas. Para éstos, el modelo a imitar era el estadounidense: lograr que Europa fuera una potencia industrial y militar, con un alto nivel de bienestar.

Donald Tusk tiene razón

No es hora de la inacción ante las amenazas que se ciernen sobre Europa, sino del coraje.

Etuskn vísperas de la reciente cumbre de Malta, el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, envió una carta a los veintisiete jefes de Estado y de Gobierno de los países miembros de la Unión Europea, y no sé si también a la señora May, aunque no merecería ser receptora de la misiva. Parece ser que a algunas cancillerías, y también a algunos sectores de la opinión pública europea, el tono de la carta, ciertamente dramático, fue estimado excesivamente beligerante y alarmista. ¿Es eso así? ¿Se pasó de frenada el polaco Tusk en el ejercicio de sus funciones de presidente del Consejo?

En su carta Tusk se refería a “tres amenazas” a las que se enfrenta la Unión Europea, calificándolas como “los retos más peligrosos desde la firma del Tratado de Roma”. ¿Debemos tomárnoslas muy en serio? ¿Son tan reales como las describe Tusk?

La primera amenaza es de de carácter externo y está relacionada con la nueva situación geopolítica en el mundo y alrededor de Europa. La novedad, que resulta determinante, de este escenario es que por primera vez en setenta años hay una administración norteamericana que no sólo no apoya como aliado y amigo el proceso de integración europea sino que, con hechos y gestos evidentes, reiterados y provocativos, está dando muestras de una clara hostilidad a la Unión Europea misma y a su sentido histórico. A lo largo de su proceso de integración Europa contó siempre con la comprensión y sostén de los Estados Unidos. Una Europa unida y fuerte se convirtió en elemento estratégico de la política exterior norteamericana. Podía pensarse que ello fue así por exigencia de la “guerra fría”: la unidad europea se consideraba indispensable para la defensa del mundo libre frente al expansionismo soviético. Pero esta visión mantuvo su continuidad después de la caída del muro de Berlín, con presidencias tanto republicanas como demócratas. Las relaciones transatlánticas prosiguieron intensas y deberían haber dado un ulterior paso con el ambicioso acuerdo de libre comercio.

Europa, es la hora.

europa es la horaLa Unión Europea atraviesa una etapa crítica. No es la primera vez; de hecho, la Unión Europea surge como consecuencia de una dramática crisis –la Segunda Guerra Mundial– y ha ido creciendo y evolucionado, tanto en sus competencias como en el número de sus Estados miembros, a golpe de crisis. Sin embargo, la crisis tiene ahora tintes claramente distintos. En anteriores crisis –en las provocadas desde fuera, y en las surgidas desde dentro–, el problema se encontraba en la búsqueda de la mejor solución para conseguir superar los problemas del momento, y hacerlo de manera unida. Hoy, la crisis no parece hacer crecer ese sentimiento de unidad, y, muy al contrario, surgen con fuerza las opciones centrífugas, la huida del barco, la búsqueda de una solución individual a los problemas comunes; resurge el nacionalismo y no sólo se extiende el euroescepticismo, sino la fobia hacia la unidad, la fobia a la Unión Europea. Además, se producen dos elementos que son nuevos en este panorama: por un lado, el color político de las fuerzas centrífugas antieuropeas y, por otro, el posicionamiento anti-Unión Europea de quien ha sido hasta ahora no sólo el aliado natural de la Unión, sino su verdadero promotor desde el inicio de su existencia: los Estados Unidos de América. Y, claro es, estos nuevos tintes hacen que la crisis sea más oscura, intensa y peligrosa.

En lo que hace referencia al color político de las fuerzas antieuropeas, en el pasado, cuando las Comunidades Europeas daban sus primeros pasos, en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, eran los grupos radicales de izquierda –los comunistas y los socialistas más radicales– los que más se oponían a este proceso de integración política y económica de Europa, dado que veían en ello la consolidación del “enemigo capitalista” frente a la Unión Soviética, a la que entonces percibían como la “potencia emancipadora de la clase trabajadora”. A ellos, desde luego, se unían, en su posicionamiento contrario a la integración europea, ciertos sectores de la derecha radical, ultranacionalista. Es esta extraña coalición política la que, en el año 1954, hace fracasar en la Asamblea francesa la Comunidad Europea de Defensa (un proyecto de  establecer una defensa autónoma de Europa, independiente de la OTAN), y es también esta extraña coalición la que, en el año 2005, tumbó el proyecto de Constitución europea en Francia, una vez más, y también en los Países Bajos.

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