OPINION

Más sobre “Tasa (Impuesto) Keynes-Tobin”

Publicado originalmente en el diarioprogresista.es

Carlos Brú PurónParece difícil escapar de la disyuntiva entre el humor radical de un Juan José Millás cuando asevera “dejar en manos privadas la actividad bancaria equivale a atribuir el Ministerio de Sanidad a Coca Cola Ltd.”, y la mansedumbre desiderativa de la Presidenta del FMI Christine  Lagarde, cuando nos informa: “me preocupa que los banqueros vuelvan a hacer las cosas de la manera de siempre,  (lo que) no sería una buena idea, en absoluto…”

Puestos así, parece que tras austeridades/austericidios, rescates, OMS´s, MEDE´s, quantitative easing y tantas otras, si bien útiles, coyunturales componendas, una política antiespeculativa a largo plazo exige, junto a regulaciones (de los hedge funds, de derivados), restricciones ( productos over the counter, credit default shwaps, etc.), delimitaciones intra empresariales financieras (resurrección a escala global de la Glass–SteagallLaw derogada por Clinton)   y extensión de los criterios que inspiraron la Odd- FrankLaw de Obama (control de titularizaciones empaquetadas tramposas, regulación de los derivados, evitación de los too big to fail, etc.)… todo ello exige – repito- acompañarse del viejo pero siempre actual recurso, la política tributaria.

Si en ésta se dio el salto histórico, no del todo justo, de introducir la imposición indirecta –recordemos al preclaro Luigi Einaudi cuando acerca del impuesto a la venta de sal razonaba que “la compra de tal producto es idéntica, no obstante ser muy diversos los presupuestos de los contribuyentes” [1]– pero de la que no se puede negar su eficacia dado que de la misma nadie escapa salvo por vía de fraude, síguese de ahí que la “sal” ( (y pimienta) que es la finanza en sí no debe ni puede escapar de una tributación recayente sobre los actos jurídicos traslativos que bajo una u otra denominación alimentan su recorrido.

Italia lanza un torpedo populista que puede hundir a la UE . Urge un liderazgo en Europa

Berlusconi italiaLa Unión Europea vuelve a verse amenazada por uno de sus miembros. Italia formará un gobierno populista que pondrá al país en el disparadero. La “eurofobia” que fomentan Liga y M5S debería servir para que aparezca un nuevo liderazgo europeo.

Extrema derecha y extrema izquierda italianas se han unido en un “Contrato para el gobierno del cambio” que, caso de cumplir sus 38 puntos programáticos, provocará un terremoto en el país, cuya onda expansiva supondrá asimismo una sacudida gigantesca que amenazará la estabilidad, la arquitectura y el proyecto mismo de construcción europea.

El denominador común que ha unido a la xenófoba y secesionista Liga (antes Liga Norte) y al populista de ultraizquierda M5S (Movimiento Cinco Estrellas), es su rechazo incondicional a la austeridad. Ésta ha sido la línea maestra marcada por la Alemania de Angela Merkel, que ha supuesto enormes sacrificios a los países del sur de Europa para contrarrestar la explosión de las burbujas financieras e inmobiliarias que agravaron la crisis proyectada a todo el mundo, especialmente a Europa, desde Estados Unidos a partir de 2008.

Democratizar la democracia europea para llegar al corazón y a la razón

democraciaQue corren malos tiempos para el europeísmo, es innegable. También lo es que, en una Europa en la que parece haber desaparecido un euroescepticismo sano y crítico, crecen exponencialmente las ideas frontalmente antieuropeístas. Esta misma semana se filtraba a la prensa un borrador del acuerdo de Gobierno en Italia en el que se contemplaba la creación de un mecanismo para salir del euro.

Mientras tanto, tenemos a una Unión Europea donde está ocurriendo una tormenta perfecta, al verse azotada por una multicrisis, (institucional, económica y política) y en un impasse institucional que la mantiene en estado vegetativo: viva, pero sin síntomas de mejoría.

Weber sostenía que “no puede haber poder sin legitimación por parte de los ciudadanos”, y probablemente el descrédito que está viviendo en estos momentos Bruselas es, en parte, resultado de un diagnóstico erróneo que ha llevado a aplicar los remedios equivocados. El mejor ejemplo de todo ello es el Parlamento Europeo, una institución que (afortunadamente) ha ido ganando peso en la toma de decisiones comunitaria y que es el símbolo de la democracia continental. Sin embargo, hemos pecado de ingenuos los europeístas, al pensar que por dotar de más poder a una Asamblea en la que votan poco más que el 50% del censo europeo, las instituciones comunitarias se iban a acercar por arte de magia a los ciudadanos. Casi me atrevería a decir lo contrario. Muchos ciudadanos sienten que cada vez ceden más poder a unas instituciones en las que no se ven representados, y de ahí el nicho electoral que ha surgido en el último lustro a los populismos que tratan de rescatar el discurso de la soberanía nacional.

Obviamente, no estoy afirmando que no sea partidario de  dotar de más poder al Parlamento Europeo. Al contrario, cuanto más poder, más democrática será la Unión en teoría. Sólo pienso que, aunque teníamos el diagnóstico adecuado (la percepción de lejanía de Europa por parte de los ciudadanos), no hemos sido capaces de ponerle remedio, y de aprovechar esos avances institucionales para comunicarlos con eficiencia a las sociedades europeas.

¿Y si el problema fuera el producto?

union europeaDespués de una encuesta que no cumple las expectativas, después de unos malos resultados electorales, estamos hartos de oír a los líderes políticos que no han sabido explicar sus políticas, que no han sido capaces de hacer llegar a los ciudadanos los méritos de sus propuestas, que el problema no es la política, que el fallo es la comunicación. Y, no, la cuestión es que por mucho que se retuerce el relato las cosas son como son y los frutos de esas políticas que los gobiernos consideran incuestionables no satisfacen las necesidades reales y objetivas o, simplemente subjetivas, de los ciudadanos. Para cambiar el relato hay que, primero, rectificar las políticas.

Algo parecido ocurre con la Unión Europea. Ante la creciente desafección ciudadana nos preguntamos ¿cómo comunicar Europa? Ciertamente, las prácticas comunicativas de las instituciones europeas pueden ser mejorables y no digamos ya el modo de afrontar la UE por parte de los medios nacionales. Pero ¿y si el problema fuera el producto? ¿y si el relato no conquista a los europeos porque las políticas europeas no atienden a sus necesidades y preocupaciones? Creo que lo primero es examinar si existe ese desacople entre el producto servido por las instituciones europeas y las expectativas ciudadanas. El proceso de integración europeo ha garantizado décadas de paz y producido una cierta homogeneidad social, pero esos logros se dan por descontados y no se puede seguir invocándolos como único argumento.

¿Cuáles son esas expectativas ciudadanas? Es difícil decirlo, porque varían de unos países a otros, en función de las distintas realidades nacionales. Y es que el primer problema es la falta de un demos europeo. Están bien en insistir en los símbolos, pero un debate común en aquel en el que se manifiesta una verdadera opinión pública europea no se producirá sino en torno a decisiones tomadas directamente por la ciudadanía sobre grandes proyectos europeos. Un paso positivo para crear ese demos común podría ser las listas transnacionales al Parlamento, pero también formas de participación común para toda la población: consultas e incluso referéndums que se computaran a nivel de toda la Unión, no país por país.

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