La UE ya boxeaba por debajo de su peso antes de la pandemia

Atalayar Parlamento EuropeoPublicado originalmente en Atalayar.com.

Mucho tendrá que pelear la Unión Europea porque a la evidente crisis socioeconómica que le ha provocado la pandemia no se le una también un cataclismo de orden político. El coronavirus ha destrozado en gran parte los objetivos estratégicos globales que la UE se fijó en 2016. Si ya entonces se reconocía una brecha considerable entre la potencia virtual de la UE y su presencia internacional, el último documento del Real Instituto Elcano (RIE) certifica la gran distancia existente entre la presencia deseada por la Unión en el mundo y la que es en realidad. 

Entre las conclusiones de los investigadores Iliana Olivié y Manuel Gracia, autores del estudio, una de las más importantes es que entre los que preconizan la desglobalización y el consiguiente proceso nacionalizador estará la regionalización. La pandemia ha enseñado descarnadamente el riesgo asumido por las grandes cadenas globales, traducido en la falta de suministros esenciales durante esta crisis. Sin embargo, no ha sido un fenómeno nuevo. Ese riesgo quedó patente con el desastre nuclear de Fukushima, que provocó el desabastecimiento en Europa y América de los insoslayables componentes fabricados en exclusiva por Japón. O el hundimiento de las fábricas de confección en Bangladesh, que también sacudió a la industria textil. 

La necesaria reconfiguración de esas grandes cadenas de proyección universal llevaría aparejada una relocalización, de la que se beneficiarían seguramente los grandes hubs de producción de la vecindad inmediata. Pensemos, pues, en que esa sería la ventaja de México para Estados Unidos o en el Magreb para Europa, sin ir más lejos.

Europa, más o menos

Campo de Tiedra, Valladolid, España. Localidad pobre en población pero millonaria en Estrellas. Pensando en el futuro de la UE. Imagen de Fernando Cabrerizo

9 de mayo de 2020. Europa, en mayor o menor medida, secuestrada por un virus «enano». De pronto, silencio, angustia, miedo. Los largos periodos de aburrimiento, dominados por una burocracia que parecía inmutable y se repetía con con la frecuencia de un ensueño angustioso, podrían acabar con la pandemia, la misma que le impide celebrar su día – la UE, tal vez, se ahorró una jornada grande que habría pasado sin pena ni gloria- Pero en un proceso infeccioso tan incierto como impreciso, no se descarta que la Unión resulte víctima de la Covid19.

La crisis, una oportunidad para el fortalecimiento de la UE

 

crisis euro1LAS MEDIDAS APROBADAS HASTA AHORA POR LA UNIÓN EUROPEA SE ELEVAN A 540.000 MILLONES DE EUROS

 

Pese a las críticas a contrario, nunca las instituciones de la UE habían sido tan rápidas en reaccionar como en su respuesta frente a la pandemia. La crisis iniciada en 2008 partió de las hipotecas-basura en EEUU y se propagó como un virus que se instaló en Europa. EEUU salió de la crisis con medidas enérgicas de inversión, pero la UE se equivocó con sus políticas de austeridad, hasta el punto de que en 2019 sólo crecía al 1% y España al 2,3%.

Si algo está claro es que no saldremos de ésta sin la intervención de la UE, sin su aportación para la salida de una de las crisis más severas y complejas en la Historia de la Humanidad. Una crisis sin precedentes, de origen sanitario, pero que está provocando un colapso de la economía mundial, la paralización de la producción, de la oferta y de la demanda, en una fase en que los precios de las materias primas -incluido el petróleo, con precios negativos- se han hundido. Con una caída del PIB que durará unos dos años al menos, más del 3% en la economía-mundo y un 6% en las economías principales salvo China, donde el PIB bajará, pero no será negativo. Y con un descenso de entre el 7 y el 8% en la UE. Con una crisis financiera y una purga en los mercados de acciones y bonos que en dos semanas ha superado la que duró varios años a partir de 1929.

“Muchos morirán en Suecia”… pero tenemos razón

Atalayar Suecia Coronavirus 2 0Stefan Löfven ha resistido todas las presiones. El socialdemócrata primer ministro sueco no ha cedido a los llamamientos de la oposición ni a los consejos de un nutrido grupo de científicos. Su inalterable línea política se ha mantenido incólume a lo largo de todo el tiempo que llevamos de pandemia, a pesar de las advertencias de quienes le mostraban otra praxis para combatirla. 

Con ocasión del Primero de Mayo, hizo un discurso a la nación en el que no ocultó ni maquilló los datos que convierten a Suecia en el país nórdico con el mayor número de víctimas del coronavirus: 2.653 fallecidos, o sea 256 muertos por cada millón de habitantes. Muchos más por lo tanto que los 78 de Dinamarca (452 muertos), o los 38 de Noruega (207) y Finlandia (206). Tampoco dibujó un panorama futuro  más optimista: “Muchas personas morirán aún [en Suecia]”, pero se mostró firme una vez más en su convicción de no imponer restricciones y apelar en cambio a la responsabilidad de todos y cada uno de los ciudadanos. Ni siquiera en las limitaciones han existido amenazas de multa, sino simplemente la recomendación de comportarse como buenos individuos de un colectivo común. 

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