UE-RUSIA-EEUU: Falsas verdades, intoxicaciones y espías cibernéticos en la “nueva guerra fría”

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Vuelve el modelo de noticias de la guerra fría, digamos, “histórica”. Leo sobre la detención de SerguéiMikhailov y Dimitri Dokuchaev, expertos en cibernética del Servicio Federal Ruso de Seguridad (FSB). Supuestamente, habrían pasado información confidencial a la CIA, según la agencia rusa Interfax (citada a su vez por The Moscow Times, TMT). ¿Es eso importante? Yo diría que -al menos- lo parece. 

Mucho antes de la elección de Donald Trump -y antes de que acusaran a Rusia de ingerencia en las elecciones presidenciales estadounidenses- la Unión Europea llevaba tiempo acusando a los servicios rusos y al Presidente Putin de manejos turbios parecidos. Ahora, ante la noticia proveniente de Moscú, veo que el FSB (heredero de la KGB) afirma que los detenidos por pasar información a la CIA son cuatro y que otros “ocho individuos han sido identificados como cómplices”. Las mismas fuentes (rusas) citadas por TMT dicen que el principal detenido trabajaba “en el corazón” de la ciberseguridad de la Federación Rusa. Junto a los dos ya citados, TMT, que cita al diario Novaya Gazeta afirma que entre los cuatro detenidos (del cuarto no se da nombre) a Ruslan Soyanov, jefe de investigaciones de la ciberdelincuencia). Fascinante. Mientras el mundo discute de la “posverdad” y de las “noticias falsas”, la que precede parece verdadera. Y contribuye a reforzar el espectro o la realidad de esa nueva guerra fría.

Fascismo 3.0

Publicado originalmente en Periodismo Global, la otra mirada

Pretty, Le Pen, Salvini, Wilders. En la foto faltan al menos Farage, Orban, Kaczynski. Son los representantes del nuevo fascismo europeo. Sus santos patronos son Trump, Putin, Erdogan. Ya han vencido antes de disputar las elecciones. Fillon, Rutte, Seehofer, las derechas de siempre, llevan en sus programas lo esencial de las medidas de la ultraderecha.

Fascismo 1.0. Fascismo 2.0. Fascismo 3.0.

El fascismo 1.0, el de los años 20 y 30: el de Mussolini (1.1), ultraconservador y católico; el de Hitler (1.2) revolucionario y autodestructivo; el de los émulos de Mussolini en la Europa del sur y el este, los Franco, Salazar (1.3).

Fascismo 2.0: los nostálgicos del fascismo 1.0 y los pelotones de choque de jóvenes descerebrados, cabezas rapadas, siempre minoritarios, pero con una enorme capacidad de desestabilización.

Fascismo 3.0, el de American First, el del Brexit, el de regreso de los muros a Europa.

Todos los fascismos tienen un hilo conductor común: el miedo y el odio al otro. Hay que leer de nuevo El miedo a la libertad, la obra en la que Erich Fromm analiza, desde una perspectiva histórica y psicoanalítica, las pulsiones que llevaron a la clase media alemana a echarse en manos de Hitler.

Convivir con el diferente no es fácil sin una pedagogía social. Cuando desde los poderes políticos, religiosos y culturales (de un lado y otro) se exacerba la diferencia, el otro es confinado o se autoconfina en un gueto. Eran los guetos judíos de la Europa oriental de principios del siglo XX, o salvando las distancias, son los banlieus franceses. Pero cuando llega un cataclismo social entonces el otro ya no es simplemente alguien ajeno, sino el enemigo a eliminar.

En los 20 y los 30 el cataclismo fue primero la Gran Guerra y después la Gran Depresión. La clase media se entregó a las partidas de la porra, que sintió que la defendía de las masas obreras revolucionarias. Anuladas las libertades, exterminadas las fuerzas revolucionarias, la única manera de lanzar la economía era poner en marcha la máquina de guerra. Y proyectar el odio acumulado contra el otro, judío, gitano, homosexual.

fascismoNuestro cataclismo ha sido una globalización que ha roto el pacto socialdemócrata y ha dejado atrás a las clases populares, un cataclismo con cuenta gotas que se ha exacerbado con la Gran Recesión: paro, precariedad, menores salarios, destrucción de los servicios públicos.

Las políticas europeas han marcado ya al chivo expiatorio. La falta de verdaderas políticas de integración, la política migratorio que prácticamente hace imposible el acceso legal a la fortaleza europea y ahora la negación del derecho de asilo, en palmaria violación de los tratados internacionales, muestran al migrante y al refugiado como un peligro.

A diferencia del fascismo 1.0, el fascismo 3.0 no propone sustituir la democracia por un sistema totalitario. Su pretensión es una democracia nacional, esto es, una democracia sin derechos para los otros, una democracia de identidad, una democracia de valores tradicionales excluyentes, con gobierno fuertes y desaparición de contrapoderes. La democracia de Putin y Erdogan. Una democracia autoritaria, que quiere acabar con lo bueno y lo malo de la globalización, con el cosmopolitismo, con el derecho y las instituciones internacionales.

En Estados Unidos todas las medidas de Trump (que como Hitler hace lo que dice) van en la dirección de esa democracia nacional. Ya veremos si los contrapoderes y la resistencia social le paran.

En Europa si Le Pen ganara la presidencia de Francia, la Unión Europea podría darse por liquidada. Las guerras comerciales que Trump va a desencadenar y la implosión de la Unión Europea podrían ser el verdadero cataclismo de nuestra tiempo. Y entonces las escuadras del fascismo 2.0 serían de gran utilidad a este fascismo postmoderno 3.0. Mientras tanto, inyectan sus políticas excluyentes en nuestra sociedad. Restricciones a la libre circulación, vallas, muros, rechazo del derecho de asilo.

Trump pondrá el mundo patas arriba

China emerge como el adversario predilecto de unos EE UU aliados a Rusia, y una Europa cada día más irrelevante

trump mundo patas arribaLa entronización de Donald Trump como el hombre más poderoso de Estados Unidos, y por lo tanto del mundo, podría compararse a la caída de Constantinopla en 1453. Los historiadores fijan en esa fecha precisa el final de la Edad Media y el comienzo de la Moderna. Con Trump podría establecerse un momento histórico fijo entre el final de la Edad que hemos llamado Contemporánea y la que será bautizada más o menos como la del renacimiento de China y Asia como civilización preponderante.

Antes de jurar su cargo, el 45º presidente de Estados Unidos ha fijado con gran claridad sus prioridades, fijaciones personales y sus pautas futuras de comportamiento. Dibuja un competidor-enemigo en el horizonte: China, a quién se propone cortar las alas de expansionismo territorial y competitividad comercial. Será una confrontación brutal, porque Pekín no va a dejarse intimidar fácilmente. El presidente Xi Jinping tiene también muy claro que su país debe consagrar su liderazgo en Asia, y convertirse de paso en la única superpotencia capaz de confrontar el supuesto poder omnímodo de Estados Unidos. Tampoco se asustan los dirigentes chinos de las primeras amenazas de la futura Administración americana, a la que advierte de “consecuencias devastadoras”.

A Pekín no parece disgustarle tampoco que Trump se cargue el TPP, el Tratado de Libre Comercio entre las dos orillas del Pacífico. Supone que ello le deja vía libre para que China establezca con mayor libertad sus intercambios comerciales con América Latina. Por si fuera poco, el ostensible desprecio que Trump exhibe hacia México, y por ende el poco aprecio que tiene por el continente latinoamericano, ofrece a Pekín una oportunidad pintiparada para hacerse con las simpatías de sus habitantes y aumentar considerablemente su influencia. La pasada gira de Xi Jinping en noviembre se saldó con la firma de numerosos acuerdos por un monto equivalente a los 250.000 millones de dólares.

Mario Soares: la muerte de un león europeo

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Charlábamos en la sede de su Fundación, un hermoso edificio en la lisboeta calle de San Bento y Mario Soares me dijo: le voy a contar un secreto. Estaba hablando un día con el Rey Juan Carlos, un gran amigo, y me dice: Mario, te he dado todas las condecoraciones posibles de España. Solo puedo hacerte noble. Te voy a nombrar duque. Y yo le respondí: no Majestad, no puedo aceptarlo. Yo soy republicano. No puedo presentarme ante mi pueblo con un título de nobleza, y menos español.

Mario Soares era, efectivamente, profundamente republicano, laico y revolucionario burgués. Los burgueses, como recordaba la prensa portuguesa estos días, le criticaban por ser revolucionario y éstos consideraban que era un burgués.

Era republicano, pero sabia dialogar con los nostálgicos monárquicos portugueses, partidarios siempre de la Restauración.

De estatura mediana, profundamente tozudo, de cabeza imponente, de hablar pausado pero muy seguro. Todo un personaje, el padre del Portugal moderno.

Una figura no exenta de polémica: la izquierda no le perdonó que tras el golpe del 25 de noviembre del 75 acabara con el espíritu de la revolución del 25 de Abril y metiera el socialismo en un cajón. La derecha no olvido la rapidísima descolonización que llevó a cabo y que forzó la llegada al país de cientos de miles de retornados.

Le acusaron de ser amigo de los americanos en los días convulsos del Periodo Revolucionario. Le acusaron de derechista, cuando dijo que dejaría el socialismo en los cajones porque había que levantar el país para salvar la democracia, no construir el socialismo. Decía esto con toda firmeza, enfrentándose con toda la izquierda, incluso con su partido.

Pero si hoy hay un régimen democrático en Portugal, el verdadero responsable es Mario Soares, que se impuso a las vagas, confusas, intenciones revolucionarias de los militares. Estábamos en plena Guerra Fría. El verano caliente del 75 con Vasco Gonçalves a la cabeza amenazaba con convertir a Portugal en un país de la órbita soviética. Los esfuerzos de los Estados Unidos por contener la revolución, con el embajador Frank Carlucci al frente, con el que se entrevistaba a menudo Soares a escondidas, daría para un tratado. Pero tras el golpe del 25 de Noviembre del 75 acabó el PREC, el periodo revolucionario. Después, Soares fue la verdadera revolución, moderada, civil, el que impuso sobre la base de tres pilares: la democracia representativa, no la revolucionaria, la economía de mercado, no la estatal, y la entrada en Europa, que garantizaría la democracia en su país.

Una biografía comprometida

Soares había nacido en Lisboa el 7 de diciembre de 1924. Estaba retirado de la vida pública. Hace un mes fue internado en el Hospital de la Cruz Roja lisboeta en el que falleció el 7 de enero.

Abogado y profesor se involucró desde muy joven en actividades contra la dictadura portuguesa, el llamado Estado Novo. Fue detenido 12 veces y terminó siendo deportado a la isla de Santo Tomé tras lo que se exilió en Francia. En 1973 en Münstereifel, Alemania Federal, fundó con otros 26 compañeros el Partido Socialista.

Tras la revolución de los claveles del 25 de Abril del 74 regresó en el llamado convoy de la libertad y fue recibido por una multitud en la estación de Santa Apolonia de Lisboa.

Fue el principal líder civil en los convulsos meses del PREC y lo fue todo en su país. Ministro de exteriores, (1974-75), primer ministro tres veces, (1976-77, 1978 y 1983-85) y arquitecto de la adhesión de Portugal a la entonces CEE en 1985.

Pero se le conocía, se le recuerda sobre todo, como presidente. Llegó a la presidencia de la República en 1986 como primer jefe de Estado “de todos los portugueses” como afirmó en la noche electoral, cuando el país seguía profundamente dividido. Las elecciones fueron las más tensas de la joven historia democrática portuguesa. Soares, impopular debido a su política de ahorro cuando fue primer ministro, obtuvo en la primera ronda de las elecciones un 25,4% de votos, por detrás del candidato conservador que consiguió el 46.3%. La izquierda había presentado a tres candidatos mientras que la derecha se mantenía unida con uno solo. En la segunda ronda, Soares recibió apoyo de los comunistas, ya que lo preferían antes que a un presidente de derechas y ganó la presidencia frente a Amaral por una diferencia de un 2% de votos.

El general Eanes tuvo, muy a su desgana, que nombrar presidente de la república a Mário Soares, siendo este el primer presidente civil de los últimos 60 años.

Y su primer mandado resultó tan positivo que fue reelegido con el 70,3 % de los votos, un dato no alcanzado por ningún otro político en unas elecciones nacionales.

Tozudo, nuca bajó la cabeza ante cualquier desafío, despreciaba a los que se encogían frente a las adversidades y siempre estuvo al lado de la libertad.

 Entró como ministro en el primer gobierno provisional del General Spínola, tras el 25 de Abril. Meses de tensiones revolucionarias que terminaron el 11 de marzo de 1975 cuando las fuerzas conservadoras dentro de los militares dieron un golpe contra el gobierno de izquierdas. El golpe no resultó ser efectivo y Spínola, al que se consideraba inductor, tuvo que marchar al exilio a España y luego a Brasil. Comienza el PREC, el periodo revolucionario en marcha, con nacionalizaciones, intensificación de la reforma agraria, o el establecimiento del Consejo de la Revolución. Se suceden las bombas, los ataques a las sedes de partidos, los juicios populares, atentados derechistas, tendencias separatistas de las islas, acaparamiento de productos alimenticios, confusión absoluta en el seno de los servicios secretos.

 En medio del caos, Soares intenta dimitir del tercer gobierno provisional, pero sus compañeros de partido consiguen que se mantenga en el cargo porque lo más importante es asegurar las próximas elecciones.

Y los socialistas vencieron en las primeras elecciones Constituyentes el 25 de Abril de 1975, lo que fijaba las perspectivas tras la revolución de los claveles. El comunista Cunhal con el 14 % de los votos no aceptó el resultado y encabezó la lucha en la la calle, protagonizando las conmemoraciones del 1º de Mayo. Rápidamente, Soares intuyó que era en la calle donde debía derrotar también a los comunistas.

En Mayo de 1975 aprovecha la ocupación del periódico República, dirigido por su camarada Raul Rego y con una redacción socialista, por los tipógrafos de extrema izquierda para lanzar una campaña internacional en la que denuncia la intención de sovietizar Portugal.

Surge el llamado documento de los Nueve, suscrito por el ala moderada del Movimiento de las Fuerza Armadas, ideológicamente cercana al Partido socialista, y se crea un comité de apoyo al socialismo democrático en Portugal con Brandt, Olof Palme, Kreisky, Mitterrand, entre otros. Pero la batalla se gana sobre todo en la calle, en la gran manifestación en la Alameda donde salen miles de personas para protestar contra los comunistas, contra la amenaza de una nueva dictadura. Fue el principio del fin de Vasco Gonçalves y el giro en la marcha revolucionaria, que si no hubiera sido detenida habría llevado a Portugal al abismo, dijo entonces Soares.

Tras la caída del muro de Berlín, cuando era presidente, Soares recordó que los convulsos meses del 75 dieron la razón a los portugueses que se batieron por la libertad, como un valor intrínseco, universal e insustituible, frente al colosal embuste que demostró ser el comunismo.

El 2 de abril de 1976 la Asamblea Constituyente aprobó definitivamente el texto con importantes cambios. La Constitución establecía que el Presidente sería elegido directamente por el pueblo. El mandato del Presidente tendría una duración de cinco años, pudiendo renovar sólo una vez el mandato. El primer ministro y el gobierno responderían ante el Presidente y ante la Asamblea de la República.

El 25 de abril de 1976, dos años después de la Revolución, dos años de vértigo, tuvieron lugar las primeras elecciones parlamentarias tras la nueva Constitución en las que resulto vencedor el partido de Soares con el 35% de los votos.

El 27 de julio se celebraron las primeras elecciones presidencialistas de la Tercera República, ganadas por el general Ramalho Eanes, En septiembre de 1976 Mário Soares es elegido primer ministro. Con ello el país volvía a tener un presidente y un primer ministro constitucionales.

El problema más inmediato al que se enfrentaba el nuevo gobierno de Soares era la difícil situación económica en la que se encontraba Portugal. Las arcas del Estado estaban vacías. El gobernador del Banco de Portugal, Silva López, le llamó de madrugada para decirle que no había dinero para importar lo más esencial, incluso harina. El gobierno logró recibir ayuda financiera de los Estados Unidos y de la Comunidad Europea, ya que estas potencias estaban a favor de la estabilidad del Estado Portugués.

Soares también comenzó la lenta reintegración de Portugal en las instituciones internacionales, que durante el Estado Novo se habían interrumpido. El primer paso tuvo lugar el 22 de septiembre de 1976 con el ingreso en el Consejo de Europa.

Uno de los principales proyectos de Mario Soares, uno de sus tres pilares, junto a la economía de mercado y la democracia representativa era la adhesión de Portugal a la Unión Europea. Debido a la diferencia económica entre Portugal y los países miembros, las negociaciones duraron diez años. Durante el segundo gobierno de Soares, durante el tiempo de la gran coalición, intentó a través de una política radical de ahorro, sanear la economía portuguesa. El descontento resultante de esa política económica provocó que muchos votantes abandonaran los partidos de la coalición para votar al PRD, de forma que Soares sólo pudo ser elegido Presidente de la República en la segunda vuelta. Desde la Presidencia de la República pudo firmar (junto con España) el ingreso de Portugal en la Comunidad Económica Europea

Mario Soares dejó el Palacio de Belem, sede de la presidencia Portuguesa en 1996, pero no se resignó a quedar como Senador. Primero intentó una trayectoria internacional con la presidencia de la Comisión mundial sobre los Océanos, pero volvió a la política y fue cabeza de lista de los socialistas a las elecciones europeas del 99. Intentó la presidencia del Parlamento Europeo, pero fue derrotado por Nicole Fontaine , a la que, por cierto, se refirió de forma poco elegante.

Inesperadamente, el viejo león quiso volver a la política para sorpresa de muchos y anunció una nueva candidatura a la Presidencia en 2006. Tuvo que lidiar no solo con el que sería vencedor, Cavaco Silva sino con compañero de partido, Manuel Alegre. Soares, que desplegó una increíble energía a sus ochenta años, subiendo y bajando por las empinadas calles lisboetas en mítines callejeros, quedaría en tercer lugar por detrás de ambos, sería su derrota más abultada y quizá más amarga. Su tiempo había pasado. Los portugueses, hundidos en esa época en una profunda crisis, anterior incluso al estallido de 2008, confiaban más en Cavaco, el primer ministro de los años milagro tras la entrada en Europa.

Cada época tiene su figura. Soares queda, con sus luces y sus sombras, como un gigante en los años clave, tras la revolución de los claveles y la consolidación de la democracia. Más todavía si se le compara con figuras recientes, como Antonio Guterres, flamante secretario general de Naciones Unidas, pero que ante la imposibilidad de solucionar los problemas del país aprovechó la derrota en las municipales en 2001, para dimitir como primer ministro. Como contaban con sorna en Portugal, primero fue fugitivo, huyó, y luego se hizo refugiado, se encargó de la Agencia para los refugiados de la ONU.

O del inefable Durao Barroso, maoísta en su juventud, luego conservador, que tampoco sacó a su país del atasco y al que se le encargó en 2004 nada menos que la presidencia de la Comisión Europea. O del socialista José Sócrates, que terminó en la cárcel.

Hubo leones en la vieja Europa. Gente, como Soares, que vivió guerras, dictaduras, cárcel y exilio y que comprendió que la salida era un futuro común, de colaboración. Hoy en esta gatopardiana Unión quedan apenas algunos zorrillos espabilados o chacales nacionalistas, pero pocas figuras dotadas de una visión global.

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