¿Y si el problema fuera el producto?

union europeaDespués de una encuesta que no cumple las expectativas, después de unos malos resultados electorales, estamos hartos de oír a los líderes políticos que no han sabido explicar sus políticas, que no han sido capaces de hacer llegar a los ciudadanos los méritos de sus propuestas, que el problema no es la política, que el fallo es la comunicación. Y, no, la cuestión es que por mucho que se retuerce el relato las cosas son como son y los frutos de esas políticas que los gobiernos consideran incuestionables no satisfacen las necesidades reales y objetivas o, simplemente subjetivas, de los ciudadanos. Para cambiar el relato hay que, primero, rectificar las políticas.

Algo parecido ocurre con la Unión Europea. Ante la creciente desafección ciudadana nos preguntamos ¿cómo comunicar Europa? Ciertamente, las prácticas comunicativas de las instituciones europeas pueden ser mejorables y no digamos ya el modo de afrontar la UE por parte de los medios nacionales. Pero ¿y si el problema fuera el producto? ¿y si el relato no conquista a los europeos porque las políticas europeas no atienden a sus necesidades y preocupaciones? Creo que lo primero es examinar si existe ese desacople entre el producto servido por las instituciones europeas y las expectativas ciudadanas. El proceso de integración europeo ha garantizado décadas de paz y producido una cierta homogeneidad social, pero esos logros se dan por descontados y no se puede seguir invocándolos como único argumento.

¿Cuáles son esas expectativas ciudadanas? Es difícil decirlo, porque varían de unos países a otros, en función de las distintas realidades nacionales. Y es que el primer problema es la falta de un demos europeo. Están bien en insistir en los símbolos, pero un debate común en aquel en el que se manifiesta una verdadera opinión pública europea no se producirá sino en torno a decisiones tomadas directamente por la ciudadanía sobre grandes proyectos europeos. Un paso positivo para crear ese demos común podría ser las listas transnacionales al Parlamento, pero también formas de participación común para toda la población: consultas e incluso referéndums que se computaran a nivel de toda la Unión, no país por país.

Creerse Europa

creerse europaAl iniciar el debate sobre la comunicación de y en Europa la primera pregunta que cabría plantearse es la más sencilla: ¿nos creemos Europa? Más allá de una mera y simple respuesta afirmativa, sería necesario profundizar en el sentido de esa creencia: ¿consideramos a Europa como patria o como un mero accidente geográfico-administrativo?

Del desarrollo interior de nuestras respuestas dependerá en gran parte la calidad del mensaje a transmitir. Por supuesto, se puede argumentar de manera impecable para vender con gran éxito un crecepelo, un ungüento o el jarabe curalotodo a los que no creemos en tales sustancias milagrosas. Pero, comunicar, transmitir un sentimiento solo puede surgir del corazón, y derivadamente del convencimiento de que ése es nuestro mundo, nuestra familia, nuestro ámbito natural de crecimiento y desarrollo, y el territorio que albergará nuestras cenizas cuando haya transcurrido nuestro tiempo.

Entiendo por lo tanto que el principal defecto que aprecio generalmente en la comunicación sobre Europa es la ostensible carencia del sentimiento de pertenencia a una patria llamada así, Europa. La principal diferencia entre hablar de una patria, chica o grande, y un ente abstracto, es evidente: de la primera se habla con indisimulado cariño, se reconocen los defectos, aunque siempre minimizados ante las grandezas reales, posibles o incluso imaginadas. Al ente abstracto en cambio no se le pasa ni una; es más, hay una mayor proclividad a magnificar los defectos, dar por supuestas las virtudes y relativizar las ventajas.

Por obvias razones históricas, los ciudadanos europeos no han sido educados en el amor a la patria Europa. Más aún, si en estos tiempos sería harto difícil encontrar patriotas “dispuestos a verter hasta la última gota de sangre”, como rezaba la fórmula en las juras de bandera de todos los ejércitos del mundo, mucho menos se hallarían individuos dispuestos a honrar semejante juramento por un ente llamado Europa.

Europa, en la encrucijada

Publicado originalmente en elmundo.es

encrucijadaQue España malvive en una gravísima encrucijada es una evidencia. Que Europa hace lo propio, también. Sin embargo, la encrucijada europea es menos citada. Y ello es que el doble camino emprendido cuando cayó la URSS está llevando a Europa a un callejón sin salida. Incapaz de crear un núcleo federal en el centro, Europa decidió abrirse al Este. E igualmente incapaz de tener estrategia propia, hubo de padecer que EEUU le aplicase la doctrina imperial de Mackinder, según la cual el que Alemania (léase Europa) y Rusia se lleven bien es nefasto para los intereses angloamericanos.

Ya István Bibó nos advirtió en su magnífico ensayo La miseria de los pequeños Estados de Europa Central que Europa Central no es Europa Occidental. Se ignoró su consejo. En cuanto a Rusia, se amplió la OTAN. También aquí hubo advertencia del sovietólogo George F. Kennan: «un error estratégico de proporciones potencialmente épicas». Tampoco se le hizo caso. Se vino abajo Yugoslavia y todos entendimos que 40 años de URSS no habían podido sustituir a Austria-Hungría. Afortunadamente, los Balcanes quedaban lejos. En cuanto al frente ruso, Moscú había llevado mal la ampliación de la OTAN, pero el bombardeo de Serbia fue otra cosa. Solzhenitsyn lo atacó con furia, voluntarios hacían cola a la puerta de la Embajada de Serbia en Moscú y Andropov tronaba en el Kremlin: "Están bombardeando Serbia y no hacemos nada. Esto con Stalin no hubiese ocurrido". Siguió el intento americano de crear un cordón sanitario en la periferia de Rusia, luego el despliegue de cohetes de alcance medio y, finalmente, las revoluciones de colores. Y con ellas, el puñetazo ruso sobre la mesa que lo cambió todo. La Guerra de Georgia y la caída de Crimea. EEUU se llamó andana como lo había hecho en Hungría en 1956. También Kennan había profetizado que la promesa de proteger a países lejanos se había hecho sin intención real de cumplirla.

To Federate Or Not To Federate

There are no robust arguments to skip federalism, argues Ambassador Jose A. Zorrilla. A federal Europe does not imply that states will lose their identity, but would save the continent from its crumbling nation states. Publicado originalmente en politicalinsights.org

european flagThe whole story of the federation in Europe is kind of puzzling. Many people believe their countries would disappear if we go this way. I remember having read that no less than in Houllebecq, of all writers. But it is not true. Would the Germans stop having their Oktoberfest or speaking their fifty something dialects if, say, their professional soldiers were under European command? It seems as if anything happening inside a nation state is ethnic and common but that is not true. States do contain a lot of ethnic values, but not all of them are national. Try to order a Bordeaux wine in Burgundy or a paella in the Basque country- if you survive let me know. Sometimes to be ethnic and non-national is even compulsory inside a nation state. You can´t sell French or Italian wine. It has to be Sancerre or Chianti or bear the name of any other region; no politics involved. There is nothing more contrary to the European values than ethnic nationalism. And yet, no need to have ethnic spaces as enemies of the European Union- we already have the states.

There is a lot of confusion around the idea of state in a continent. A state is the new modernity of the old polities brought about by the French Revolution. Before that event, loyalty did not go to the people but to the King. No needed to be a national to fight for King and country. Remember Velazquez’s Surrender of Breda; the general receiving the keys of the city happens to be Italian. Richelieu ruled in Odessa, stormed and conquered by the Spanish General de las Rivas. We could go on and on. Then came the Bastille Day and nobility ceased to be of the essence. National origin took over. Some polities did not survive the national onslaught, like Austria and Hungary, for that principle broke the back of the Empire. Their intellectuals knew only too well the bleak future that nationalism was to bring home. If they respected the principle of nationalities the Empire would explode. If they did not, there would be war leading to a loss of nationality. And so, after World War I and President Wilson, nation states took over Empires in Central Europe with a vengeance. If the desire of Bosnia to join Yugoslavia caused 10 million dead, the vagaries of the different “national” minorities in Central Europe caused around 50 million after having brought havoc to the heart of the continent in no less than six mini wars. It seems that finally, after the Second World War, states came to accept that cooperation was better than hostility. In Western Europe the Common Market was under the protectorate of the US. In Eastern Europe the system of security took the form of Russian (oops!, Soviet), occupation. Not to be proud of any of the two alternatives, to be honest. Europe is still waiting to recover.

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