Fronteras, obstáculos y percepciones

interrailCon uno de mis primeros sueldos después de terminar la carrera de Periodismo hice uno de esos viajes que entusiasmaban a todo joven: saqué un billete de Interraíl y me fui con una amiga a descubrir Europa. Con el pasaporte, unos cuantos monederos para las distintas divisas, un listado de albergues juveniles y una mochila, nos fuimos por el sur de Francia, norte de Italia, Austria, sur de Alemania y Suiza. Fueron dos semanas, no nos daba el dinero para más. Era 1989, no estaba en vigor el Espacio Schengen. Cada vez que cruzabas una frontera tenías que pasar dos trámites imprescindibles: enseñar el pasaporte y cambiar moneda. A veces te inspeccionaban el equipaje. A los españoles no se nos veía mucho fuera de nuestro país, y en varios de los lugares que recorrimos la imagen más extendida de nosotros era la del emigrante sin cualificación, sin cultura democrática, apenas digno de considerarse europeo. Mi amiga y yo éramos universitarias, teníamos trabajo, un buen nivel de inglés y algunas nociones de francés y alemán, podíamos pagarnos los restaurantes modestos… pero nos encontramos bastantes miradas de superioridad, incluso algunas palabras despectivas.

Años más tarde visité esos y otros países por trabajo. Salía de mi casa con lo mismo que necesito para moverme por España: mi DNI y mis billetes de euro. En los aeropuertos y las estaciones de tren pasaba sin trámites por la entrada reservada a los países Schengen. Compartí sala de prensa, hotel y mesa con periodistas de veintiocho países europeos, con quienes hablaba o chapurreaba en media docena de idiomas. Entrevisté a comisarios y eurodiputados, a científicos y empresarios, que me atendieron igual que a los colegas de otras nacionalidades. Era, simplemente, una periodista europea más.

Últimamente varios amigos y conocidos míos han tenido que buscar trabajo fuera de España. Algunos, no todos, me han contado experiencias que se parecen más a las que he narrado en el primer párrafo que a las del segundo. Han oído calificar a los españoles de indolentes, improductivos o corruptos; han escuchado el tópico de la siesta y la fiesta como costumbres nacionales; han vuelto a sentirse los pobres que buscan un futuro mejor en la Europa rica.

El sentimiento de unidad no se construye fácilmente. Cuesta mucho derribar las fronteras mentales y los prejuicios, y muy poco volver a ponerlos en pie.

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