Las Fallas de Valencia, con su habitual ingenio, mostraban este año una cancillera (es femenino en alemán, Busdeskanzlerin), una Merkel cariacontecida, ondeando sin mucho entusiasmo la banderita europea. Tal como está el patio de la Unión, sobre todo tras la salida del Reino Unido, es normal.
Merkel reconocía el pasado mes de febrero que este iba a ser su año más difícil. Lleva 12 años en el cargo, tiene elecciones generales en Septiembre y vive horas bajas por el efecto Schulz, la llegada a la candidatura de la socialdemocracia alemana del expresidente del Parlamento Europeo, al que llaman San Martin, porque ha impulsado al SPD 10 puntos. Ya le iguala en las encuestas, 32 % para cada uno.
Merkel puede respirar de momento. En las recientes elecciones del Sarre, el estado menos poblado de la República Federal, la democracia cristiana de Merkel ha subido notablemente, ha sumado seis puntos y los socialdemócratas se han quedado atascados en el 30.
Pero esto puede ser un espejismo: la victoria de la CDU se ha debido, sobre todo, al prestigio de la presidenta del Estado, Annegret Kramp-Karrenbauer, respetada, incluso, por los que no la votan.
En segundo lugar, el electorado se ha movilizado, la participación ha subido diez puntos, apoyando sobre todo a la CDU, quizá con la intención de frenar un experimento, una coalición entre la socialdemocracia y la Izquierda de Oskar Lafontaine, la agrupación de los disidentes del SPD y del antiguo partido comunista del Este. Un experimento que incluso habría sido peligroso y prematuro para Martin Schulz.


A seis décadas del acuerdo que dio origen a la Unión Europea, el ambiente es mucho menos optimista que entonces. Europa necesita resolver muchos retos y una narrativa que ilusione a sus ciudadanos
Hace 60 años que se firmó el Tratado de Roma con el que se inició el proceso hacia la Unión Europea. Una unión que no solo ha significado la superación de toda una época histórica de terribles guerras entre europeos sino que también ha establecido el espacio político, económico y social más democrático y avanzado del planeta. Durante casi siete décadas los europeos hemos ido poniendo en común los instrumentos de nuestra unión, desde aquella lejana asociación del carbón y del acero, pasando por la unión aduanera del Tratado de Roma, el mercado interior del Acta Única y el euro del Tratado de Maastricht, hasta la Unión Europea del Tratado de Lisboa.
“La naciones soberanas del pasado ya no pueden resolver los problemas del presente”, proclamaba Jean Monnet para justificar el nacimiento de su criatura: la unión de las naciones europeas, tras tantos siglos de luchar entre sí para dirimir sus diferencias y alzarse con la supremacía sobre las demás.
La derrota de la extrema derecha en las elecciones holandesas es una gran noticia para la democracia y, desde luego, para la Unión Europea. Una enorme mayoría de electores ha apoyado a los partidos europeístas. Por esa vía, los ciudadanos han dicho no a los vientos populistas, racistas y xenófobos que alientan Trump y Downing Street.
El golpe de Estado de julio de 2016 es el equivalente al incendio del Reichtag. Guarda una gran semejanza, ya que Turquía ha entrado en una espiral semejante a la de la Alemania de 1933, especialmente en la brutal represión posterior, entonces desatada en la Alemania nazi y hoy en la Turquía de Recep Tayyip Erdogan”. La comparación es de Cengiz Çandar, que fuera consejero del presidente Turgut Ozal (1989-1993) y autor del bestseller Mesopotamia Express. A Journey in History”.
Bruselas, 1 de marzo de 2017
Los europeístas estamos llamados el próximo 25 de marzo en Roma a una manifestación en defensa de la 