Comunicación y ciudadanía en la UE

La Orfandad Mediática De La Unión Europea

Miguel Ángel Aguilar

Los medios de comunicación son pieza clave para la articulación de una comunidad de ciudadanos. De ahí la anomalía que supone la orfandad mediática de la UE, resultado de la inexistencia de medios informativos que merezcan llamarse europeos, es decir, que tengan presencia relevante en todo el ámbito geográfico, político, social y económico integrado por los países miembros. Es paradójico, aunque tal vez no, que los más próximos al cumplimiento de las condiciones sine qua non de europeidad —entre las cuales figura la observancia de una cierta neutralidad multidireccional— sean algunos medios informativos norteamericanos. Ese fue el caso del Internacional Herald Tribune, ahora transmutado en The New York Times, o el de la cadena televisiva CNN.

Entre los medios radicados en nuestro continente se pudo pensar que el Financial Times o la BBC desempeñarían también ese papel, pero llegado el momento han acabado enseñando su bandera británica y en cuanto al proyecto de Euronews di­gamos que es la demostración del abandono de los afanes por impulsar una constelación mediática que fuera capaz de escrutar con toda exigencia a la UE y de emplazarla desde una perspectiva comunitaria sin adherencias nacionales desnaturalizadoras.

Complejidad de un espacio plurilingüístico

El puzle lingüístico de la UE añade dificultades de circulación para los me­dios que pretendieran expandirse y ser accesibles en igualdad de condiciones en todo el entorno europeo. Unas dificultades atemperadas por el fenómeno espontáneo de la adopción del inglés como lengua vehicular. Podría pensarse que el Brexit, la retirada del Reino Unido que se está negociando en Bruselas, pudiera dejar a ese idioma sin asidero institucional para continuar siendo lengua oficial, habida cuenta de que ya no lo sería de ninguno de los restantes países miembros del Club. Pero, por el contrario, esa condición de idioma exento sin país valedor podría potenciar su funcionalidad como recurso instrumental, porque su uso en absoluto representaría concesión o ventaja para cualquiera de los usuarios, al haber dejado de ser idioma propio de ninguno de ellos.

Al observar la orfandad mediática de la Unión Europea se advierte tanto el desacoplamiento que supone como las consecuencias que desencadena. Coincidamos con Jünger Habermas en su libro ¡Ay Europa! donde describe la función básica que cumplen los medios para articular el debate en el espacio público democrático. Una función que sólo pueden desempeñar los medios con índices de difusión o de audiencia relevantes en todo el ámbito geográfico correspondiente a la comunidad política de que se trate, es decir, con suficiente implantación. Aceptemos también las enseñanzas de Heisenberg según las cuales «no conocemos la realidad, sino tan sólo la realidad sometida a nuestro modo de interrogarla».

Sin preguntas formuladas desde una cosmovisión europea nos quedamos ayunos de saber cómo y en qué los resultados del Consejo han afectado al conjunto de esa comunidad de destino que llamamos UE.

A partir de estas dos premisas, veamos cómo cada ocasión europea aporta nuevas pruebas de esa orfandad mediática de la UE que venimos denunciando. Así, al terminar las reuniones del Consejo Europeo, los presidentes o primeros ministros participantes convocan a su alrededor a los periodistas de su país de origen, los cuales tienden a preguntar desde una estricta perspectiva nacional y en términos de gana­-pierde. En consecuencia, la dialéctica predominante del interrogatorio al poder en esos briefing gira alrededor del intento del dirigente para presentar los resultados del Consejo en términos de victoria para los intereses que abandera. De modo que, sin preguntas formuladas desde una weltans-chauung, desde una cosmovisión europea, nos quedamos ayunos de saber cómo y en qué los resultados del Consejo han afectado al conjunto de esa comunidad de destino que llamamos UE. Huelga decir que el filtro nacional característico de este proceder favorece las pulsiones desintegradoras.

“Si nadie interrogara al portavoz del Gobierno a partir de una cierta idea de España como país nos estaríamos quedando in albis y entregados al monocultivo y exhibición de los particularismos”

Una idea más cabal de estos efectos negativos se obtendría imaginando qué sucedería si, por ejemplo, en la rueda de prensa, que sigue a las reuniones del Consejo de Ministros en Moncloa, sólo hubiera periodistas adscritos a medios locales, cuyas preguntas no rebasaran el radio de los propios intereses. Porque si nadie interrogara al portavoz del Gobierno a partir de una cierta idea de España como país nos estaríamos quedando in albis y entregados al monocultivo y exhibición de los particularismos. En ese mismo sentido, salta a la vista la diferencia abismal que, con respecto a la articulación política, presentan las comunidades autónomas donde existen medios de comunicación suficientemente implantados a lo largo y ancho de toda su geografía —como puede ser el caso de Cataluña, País Vasco o Galicia—, y aquellas otras —como Castilla-León, Castilla­ La Mancha, Extremadura o Andalucía— en situación de orfandad mediática a escala regional, por mucho que en sus distintas capitales proliferen diarios impresos, emisoras de radio y canales de televisión, cuyos índices de aceptación e influencia decaen o desaparecen más allá de los límites de cada una de las provincias integradas en la autonomía de que se trate.

El caso es que mientras el poder autonómico catalán se siente emplazado ante La Vanguardia El Periódico, el vasco ante El Correo Deia, y el gallego ante La Voz de Galicia El Faro de Vigo, en otras comunidades, la carencia de medios con suficiente implantación regional deja al poder político respectivo al margen, es decir, liberado de un escrutinio análogo. Porque ni El Norte de Castilla de Valladolid tiene relevancia suficiente en León, Burgos, Segovia o Ávila; ni el Diario de Burgos influye fuera del límite de su provincia; ni hay periódico o emisora alguna de la región castellano manchega que signifique nada apenas unas leguas más allá de donde se encuentra su centro editor o emisor. Tampoco en Andalucía ninguno de los diarios —como ABC de Sevilla, Diario de Cádiz Ideal de Granada— se ha afianzado como referencia más allá de su provincia originaria, ni cubre el conjunto de las provincias de la Comunidad. Es más, ni siquiera la información de carácter autonómico tiene relieve destacado porque muchos medios cultivan con esmero la sección local y ofrecen espacio amplio a la nacional, en tanto que ningunean la relativa a los asuntos de ámbito autonómico o la generada por la Junta o el Parlamento de Andalucía. Cambiemos de escala, pasemos de las autonomías de nuestro país a los estados miembros de la UE, proyectemos lo aquí esbozado y deduzcamos las consecuencias de la orfandad mediática en ese ámbito agregado.

Una tarea pendiente

De vuelta a Europa debemos reconocer que hay un plantel de medios de comunicación admirables, aunque no pueda hablarse con propiedad de medios europeos. En ese plano Europa como tarea sigue pendiente de afrontarse. Mientras, cada uno de los medios vibra con su bandera y entra en resonancia con los intereses del país de procedencia, sobre todo cuando llegan momentos cruciales. Porque los medios se hacen una idea de sus lectores o de sus audiencias a partir de sus conciudadanos que les son más próximos. o, por lo menos, enfocan la información atendiendo a lo que más pueda interesar a quienes se reconocen en la misma bandera. De forma que para encontrar un medio que practique una cierta neutralidad multidireccional, hemos de acudir a algunos norteamericanos a los que el Atlántico mantiene a suficiente distancia para observar mejor a la UE en conjunto y hacerse una cierta idea de Europa. Una idea que tiende a difuminarse con la proximidad a Bruselas donde predomina el euroescepticismo ambiental, generado por el efecto sede. El mismo que, respecto al catolicismo, supone el Roma veduta, fede perduta, derivado de la contigüidad con la Curia, esa que el Papa Francisco calificó ante el colegio cardenalicio como lepra de la Iglesia.

Queda pendiente una reflexión en profundidad porque, advertidos de que sin libertades no hay prensa ni medios informativos que puedan cumplir su función, ha llegado el momento de interrogarnos sobre qué quedarían de las libertades y de la democracia si desapareciera eso que veníamos llamando prensa o si se prefiere periodismo profesional, comprometido en la indagación de los asuntos públicos y en el cuestionamiento crítico de todos los poderes. Por eso, en una conferencia para el Congreso sobre Europa de la Academia di Roma a la altura de noviembre de 1932 Stefan Zweig anteponía, como años después hubiera deseado hacer Jean Monnet, la unión cultural a la unidad política, militar y financiera de Europa. A ese entendimiento le haría infinitamente bien contar con un órgano europeo conjunto como un periódico en el que aparecieran los mismos textos en todos los idiomas europeos con el objetivo de suprimir toda frase que multiplique los malentendidos, que incremente los vínculos y el entendimiento y, en definitiva, el valor del mérito intelectual.

Para Zweig el odio entre dos naciones, entre raza y clase o entre grupos humanos aislados, nace rara vez de sí mismos, casi siempre son productos de una infección, de la incitación, y el recurso más peligroso para desatarlo es la falta pública a la verdad que divulgan los medios informativos. De ahí su propuesta de crear una instancia tanto internacional como supranacional que tenga el poder y la obligación de desmentir cualquier noticia o acusación divulgada en un país sobre otro país, y los medios informativos de todas las naciones deberían comprometerse a difundir de inmediato los correspondientes desmentidos. Convencido como estaba nuestro autor de que una política nacional dentro de Europa era posible sin insultos y, sobre todo, sin calumnias.

En todo caso, es ilusorio pensar que las libertades puedan conquistarse de una vez para siempre porque está demostrado lo susceptibles que son a los agentes de la intemperie. Por eso es obligada la actitud de permanente vigilancia para evitar que se oxiden y acaben herrumbrosas. Obsérvese además que el daño causado por la degeneración de las libertades es mayor cuando afecta a las de países reconocidos como democracias consolidadas, a las que se reconoce el ejercicio de un cierto liderazgo cívico y moral. En definitiva, que, como tenemos aprendido, los abusos o se combaten o nos infectan; que Europa o exporta libertades o importará esclavitudes, o actúa como un polo difusor del derecho o será un territorio sin ley. Europa como tarea tiene pendiente la de poner fin a la orfandad mediática de la UE.

Sin preguntas formuladas desde una cosmovisión europea nos quedamos ayunos de saber cómo y en qué los resultados del Consejo han afectado al conjunto de esa comunidad de destino que llamamos UE.

 

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