Una jornada de ‘catfishing’. Eso decía el papel presentado al alcalde -de un lugar del que no quiero acordarme- para que lo avalara y apoyara. Una fiesta de pesca del barbo, eso solicitaban. El regidor miró a los solicitantes, miembros de una asociación local de pescadores surgidos de un mundo campesino de una pequeña localidad de Extremadura (España), y les pidió que pusieran la cosa en castellano. No hubo manera.
Ninguno de los peticionarios sabía hablar algún idioma ajeno, pero defendieron su ‘catfishing’ como si fuera caviar. El burgomaestre, resignado, avaló el evento con cara de asco. Así va Europa.
¿Por qué hay tragar cada día misiles y términos anglófonos incrustados en todos los idiomas europeos, variados y ricos en historia y que tienen una amplia gama de vocabulario para decir lo mismo? Es más que absurdo: es una herida mental y cultural que se auto inflige el público.
Mientras los expertos se esforzaron en probar los beneficios mentales del multilingüismo (incluso para prevenir el Alzheimer), una cierta manía ideológica, asociada a la ideología neoliberal más reaccionaria, ha impuesto su obsesión: resulta casi obligatorio decir los términos clave de todo en inglés. Ni siquiera se trata de hablar desde la diversidad o de escribir en inglés, que es una cultura múltiple, estupenda, rica y divertida, sino de salpicar los demás idiomas con gotitas de salsa supuestamente anglófílica.



Muchas películas alemanas tienen títulos hermosos, descriptivos: Las amargas lágrimas de Petra von Kant, La repentina riqueza de los pobres de Kombach, El honor perdido de Katharina Blum, por no recordar el teatro de Brecht y su Resistible ascensión de Arturo Ui.
Enmanuel Macron ha sido elegido Presidente de la República (casi el 66 por ciento de los votos). Unos dos tercios de los votantes se han opuesto en las urnas a las incertidumbres que representaba Marine Le Pen (quien obtuvo un 34%, eso sí). Macron ha sido ambiguo en su campaña en muchos temas, pero nada en lo que se refiere a su defensa del euro y de la Unión Europea. No pocos han premiado esa claridad.
Casi todos los que estaban vivos entonces recuerdan dónde estaban y cómo se enteraron del asesinato de Kennedy, de John quiero decir, no de Robert, su hermano.