Cuatro años de guerra en Ucrania: unidad política y fractura estratégica en la Unión Europea

Febrero de 2026 marca 4 años de la invasión rusa de Ucrania, un conflicto que ha transformado de manera profunda la arquitectura de seguridad europea y la propia naturaleza de la acción exterior de la Unión Europea (UE). Lo que comenzó en 2022 como una crisis aguda en la periferia oriental se ha convertido en un elemento estructural de la política europea. Cuatro años de guerra no sólo redefinieron la relación entre Europa y Rusia, también la capacidad de la Unión para actuar como un actor geopolítico coherente.

Cuatro anyos de guerra en Ucrania.unidad politica y fractura estrategica en la Union EuropeaAutor de la imagen: Parlamento Europeo.

El balance europeo es paradójico. Por un lado, la UE ha alcanzado niveles inéditos de implicación política, económica y militar en apoyo a Ucrania. Por otra parte, el tiempo hace visibles las limitaciones institucionales y las divisiones políticas que dificultan sostener ese apoyo a largo plazo.

El mayor ejemplo de esto se ha producido precisamente en el cuarto aniversario de la invasión. Mientras el Parlamento Europeo reafirmó su apoyo a Ucrania y defendió la continuidad de la ayuda política, económica y militar, los Estados miembros no lograron acordar nuevos compromisos significativos. Este contraste refleja una realidad cada vez más evidente: la unidad política europea existe en el plano declarativo, sin embargo resulta más difícil de sostener cuando implica acciones concretas.

Desde 2022, el apoyo europeo ha sido decisivo para la supervivencia del Estado ucraniano. La ayuda financiera, militar y humanitaria, las sanciones contra Rusia y la acogida de millones de refugiados han situado a la Unión Europea como actor central del conflicto. Al mismo tiempo, la guerra ha impulsado cambios estructurales en la política europea, desde el aumento del gasto en defensa hasta la reducción de la dependencia energética rusa y el impulso al proceso de adhesión ucraniano.

Sin embargo, el cuarto aniversario confirma que la guerra ha entrado en una fase de desgaste que pone a prueba la cohesión europea. A diferencia de los primeros meses del conflicto, cuando el consenso fue rápido y amplio, las decisiones actuales se ven condicionadas por factores internos: desaceleración económica, ciclos electorales, fatiga política y divergencias estratégicas entre Estados miembros.

Estas tensiones reflejan un problema estructural más profundo. La política exterior europea sigue dependiendo en gran medida de la unanimidad entre los Estados miembros, lo que otorga a cada gobierno un poder de bloqueo significativo. Hungría lo sabe bien y las bloqueó en solitario esta vez. En un contexto de guerra prolongada, este sistema dificulta la adopción de decisiones rápidas y coherentes, especialmente cuando los costes económicos y políticos aumentan con el tiempo.

Viktor Orbán, primer ministro de Hungría, se encuentra en un triple dilema. El primer dilema, la oposición húngara tiene posibilidades de provocar su salida del Gobierno y no quiere arriesgarse a aprobar medidas que reduzcan sus probabilidades de mantenerse en el poder. El segundo, su estrecha relación con Vladimir Putín siendo el único aliado real que le queda al líder ruso dentro de la UE. El tercero es la dependencia económica de Hungría de las ayudas europeas que pueden forzarle a suavizar su posición.

Desde una perspectiva de relaciones internacionales, la guerra ha situado a Europa ante tres dilemas estratégicos. El primero es el equilibrio entre seguridad y fatiga política: aunque el apoyo institucional a Ucrania sigue siendo firme, el consenso social y político muestra signos de erosión en algunos países. El segundo es la tensión entre unidad europea y soberanía nacional, que se manifiesta en los bloqueos dentro del Consejo. El tercero es la cuestión de la autonomía estratégica europea, especialmente relevante en un contexto de incertidumbre sobre el compromiso a largo plazo de Estados Unidos con la seguridad del continente.

En este sentido, la guerra de Ucrania ha actuado como catalizador de la integración europea en materia de defensa y seguridad, pero también como recordatorio de sus límites. La Unión Europea ha demostrado que puede movilizar recursos de forma significativa y sostener a un socio en guerra durante años. Sin embargo, también ha quedado claro que su capacidad de acción depende en última instancia de la voluntad política de todos los Estados miembros.

Cuatro años después del inicio de la invasión, la guerra ha dejado de ser una crisis excepcional para convertirse en una condición permanente del entorno estratégico europeo. El futuro de Ucrania está cada vez más vinculado al de la Unión Europea, pero también lo está el futuro de la propia Europa como actor internacional.

El contraste entre el respaldo político expresado por el Parlamento Europeo y las dificultades del Consejo para acordar nuevas medidas resume bien el momento actual. Europa sigue comprometida con Ucrania, pero ese compromiso es cada vez más difícil de traducir en decisiones concretas. También ha dejado en evidencia la soledad de Orban al ser el único que ha vetado estas medidas.

La guerra no solo se libra en el frente ucraniano; también se libra en la capacidad de Europa para sostener su propia unidad.

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