LIONEL JOSPIN, EL HOMBRE DE LA IZQUIERDA PLURAL QUE FUE DERROTADO POR LA EXTREMA DERECHA
- Creado: Martes, 24 Marzo 2026 21:01
- Publicado: Martes, 24 Marzo 2026 21:01
- Escrito por Chema Patiño, tesorero de Europa en Suma
“Pays de merde”, gritaba airado el “muñegote” que “Les guignols de l’info” le dedicaban a Lionel Jospin, una vez que hubiera decidido retirarse de la vida política al haber sido eliminado en la primera vuelta de las Presidenciales de 2002 –por unas décimas- por el líder de la extrema derecha, Jean-Marie Le Pen. Se abría además un `boulevard´ hacia la reelección a su adversario, Jacques Chirac, con quien había protagonizado una cohabitación desde 1997 al frente del ejecutivo. El ya exprimer ministro no podía entender como Francia le había dado la espalda a punto de subir al más alto escalón de la política francesa, después de haber gobernado durante un período de bonanza económica y de importantes avances sociales como la implantación de la jornada de 35 horas, la cobertura sanitaria universal y el llamado Pacto Civil de Solidaridad, que venía a reconocer a ojos de la administración a las parejas de hecho tanto hetero como homosexuales y que posibilitó, casi 15 años después, que el matrimonio homosexual se instaurase durante el mandato de otro socialista, François Hollande, con la fuerte oposición de la derecha más rancia y de la Iglesia.

Un intelectual de fuertes convicciones morales
El retrato sarcástico del programa satírico resumía en aquella frase la contrariedad que sufrió un dirigente de gran nivel intelectual y de unas fuertes convicciones éticas y morales pero que no carecía de sentido del humor pese a su imagen de seriedad (como lo demuestra el libro que ilustra este artículo: “Los mejores chistes de Lionel Jospin. Un austero que se divierte”). Lionel Jospin, fallecido a los 88 años, había nacido en el seno de una familia protestante de clase media marcada por un padre, profesor de gran oratoria, que estuvo en la fundación de la organización que sería el origen del Partido Socialista, que su hijo dirigiría con mano firme durante el primer septenio de François Mitterrand como primer Presidente de izquierdas de la República. Ambos fueron estrechos colaboradores aunque no amigos. Jospin siempre mantuvo el ideal socialista de “transformar el mundo” y, por tanto, no ceder a los falsos consensos. En este sentido, discrepó abiertamente con las políticas desarrolladas por algunos de los primeros ministros socialistas como el reformista Michel Rocard -en cuyo gobierno fue ministro de Educación- y Laurent Fabius, su auténtico rival y, por tanto, pieza clave para que Jospin alcanzase la estatura necesaria para llegar a ser presidenciable. En la política francesa no sólo es necesario tener un adversario en el partido contrario, sino, sobre todo, tener un antagonista en el propio.
Del troskismo a muñidor de “la izquierda plural”
Jospin fue considerado, entre otros, por Le Canard Echainé como uno de los “elefantes” del PS por su peso político en un partido al que accedió desde su militancia troskista. El joven licenciado en ScienciePo y en la Escuela Nacional de Administración -que nutre a la élite política y financiera de Francia-, había sido reclutado al rebufo de mayo del 68 por la Organización comunista internacional (OCI) que dirigía Pierre Boussel, alias “Lambert”, y en la que también militaba clandestinamente un tal Jean- Luc Mélenchon, actual líder de La Francia Insumisa. Es decir, el futuro primer secretario del PS recibió las instrucciones de los “lambertistas” de practicar el “entrismo” para infiltrar a la formación socialista. Jospin reconoció tras una investigación periodística que desveló su verdadero papel, haber dejado la militancia de la OCI en 1971 pero esta experiencia política le ofreció el bagaje necesario para llevar a cabo la confluencia con el Partido Comunista francés. De hecho, se dio a conocer al gran público mediante un debate televisado con el líder comunista George Marchais y curiosamente fue el primer político en discutir ante las cámaras frente a su futuro verdugo, Jean Marie Le Pen. El astuto Mitterrand le eligió para llevar a cabo la confluencia con la izquierda que le facilitó la entrada y permanencia en el Elíseo y que luego el propio Jospin utilizó en beneficio propio cuando dirigió un gobierno en el que además de socialistas de todas las tendencias –su “camarada” Mélenchon fue viceministro de Formación Profesional- había también comunistas y verdes. Una alianza electoral que también posibilitó que el PS se hiciera con ayuntamientos como el de París de la mano de su amigo Bertrand Delanoë y se mantuviera en el tiempo gracias a Anne Hidalgo, quien, en aquel gobierno de Jospin, era colaboradora de la ministra de Trabajo, Martine Aubry, hija de Jacques Delors y conocida desde entonces como “la dama de las 35 horas.”
Un gobierno eficaz que no supo frenar el ascenso del populismo
No era la única “estrella” política de aquel gobierno Jospin de inicios de 2002 , donde nada hacia augurar la impactante derrota frente al candidato Le Pen que, de alguna manera, supuso la normalización de la extrema derecha en las cábalas electorales de Francia y el inicio de su “desdiavolización” -la normalización del Frente Nacional, según los politólogos franceses- entre el electorado hasta aspirar en la actualidad a la Presidencia de la República.
Junto a Aubry estaban también Dominique Strauss-Khan, brillante ministro de Economía, cuyas pretensiones presidenciales se vieron frustradas por una inexplicable agresión sexual a una camarera de hotel en Nueva York cuando era director gerente del FMI; Manuel Valls, entonces portavoz sin cartera del gobierno, que llegó a ser primer ministro y encarnar el ala más liberal del socialismo francés, y Ségolène Royal, ministra delegada para la enseñanza secundaria, que llegó a disputar la segunda vuelta de las presidenciales de 2007 a Nicolas Sarkozy. Su compañero y padre de sus hijos, François Hollande, estaba al frente del PS como en su momento lo estuvo el propio Jospin.
Una brillante generación política que fue superada por las circunstancias y que entonces fue apeada del poder por una cierta arrogancia hacia las clases populares.
Aún se recuerda la frase del propio Jospin cuando se le interpeló en la Asamblea Nacional por los despidos masivos de la empresa Michelin: “no se puede esperar todo del Estado y del gobierno”. Esa frase lapidaria, que recuperó en 2015 Emmanuel Macron siendo ministro de finanzas de Hollande, fue una decepción para el electorado de izquierdas que no le apoyó en las presidenciales y se dejó llevar por las numerosas candidaturas que surgieron en la izquierda, incluida, paradojas de la vida, la del cartero troskista Olivier Besancenot.
Europeísta pragmático
Su rectitud moral y ética que, de alguna manera está asociada a su educación en la religión protestante que luego abandonó por un laicismo militante, acabó convirtiéndose en una rigidez que le hizo antipático ante los franceses. Y eso que uno de sus principales éxitos electorales fue como candidato al Parlamento Europeo. Salió elegido en 1984 como eurodiputado en la segunda legislatura de la Eurocámara al conseguir la victoria en una elecciones marcadas por el desgaste de los socialistas ya en el poder con Mitterrand. Fue, por tanto, un europeísta convencido que defendió la construcción europea desde una perspectiva progresista, buscando equilibrar el mercado interior con políticas sociales y de empleo a nivel comunitario. Pese a la cohabitación con Jacques Chirac al frente del ejecutivo, lo que limitaba su actuación en política exterior reservada al Presidente, su acción fue decisiva en la introducción y consolidación del euro a principios de este siglo.
Tras su frustrante derrota en 2002, Jospin se aplicó su propia medicina ética y, como anunció la misma noche electoral, se retiró de la vida política en la tranquila isla de Ré junto a su segunda esposa, la filósofa Sylviane Agacinski. Volvió a aparecer como miembro del Consejo de Estado en 2015, puesto que cedió cuatro años más tarde a otro antiguo primer ministro que tampoco llegó al Elíseo, el conservador Alain Juppé. En una reciente entrevista televisiva, enterró la frase de despecho que le atribuyeron los guiñoles al asegurar: “más de 20 años después, he encontrado una cierta serenidad”.



